He calculado todos los movimientos para alcanzar la estación de tren del aeropuerto de Düsseldorf a las 11:20. Tengo once minutos para sacar un billete en una máquina que ya conozco y bajar al andén. Suficiente. Sin embargo no sólo necesito tiempo, también requiero un maldito billete de 10 euros.
En la cartera tengo tres de 50 y uno de 20. No tengo ni de 10, ni de 5 y menos aún 9,8 euros en monedas. Aunque antes de llegar a esa conclusión he probado a introducir el billete de 20 media docena de veces pensando que eran sus arrugas las que impedían su aceptación. Así que ahí estaba yo haciendo el imbécil acariciando un billete que si supiera hablar me hubiera gritado: “Atontao’, quieres mirar la pantalla, dice que a mí no me han invitado a esta fiesta.”
Busco una máquina de cambio, un bar,… una solución. Nada. Preguntas y las respuestas son peores que el silencio, “ves aquí, ves allá…” ¿Aquí y allá? ¡Si no hay nada! 11:21. He perdido el tren. Ahora no puedo dejar escapar el de las 11:50. ¿Soluciones? ¡Eureka! Compro un billete de ida y vuelta, y mato dos pájaros de un tiro. El menú está en castellano, pero aquí uno no encuentra la fórmula para comprar la vuelta… He de buscar otra alternativa. Podría comprar un billete más, lo más baratito, hasta llegar a los 10 euros y pico, ¿no? Jugueteo con la máquina expendedora de billetes en busca del tique a dos duros que sumado al mío me saque de este callejón sin salida. Billete sencillo: 1,3 euros. Ese es el precio a pagar por no salir de casa con diez euros sueltos en el bolsillo. Mientras bajo el andén rumió qué voy a hacer con un billete sencillo que no sé para qué sirve.
El mismo al que muchos acuden para resolver sus problemas informáticos, el mismo que comparte sus conocimientos para que estas cosas no le sucedan a otros, esto es, yo mismo, he perdido toda la información almacenada en mi ordenador en los últimos cuatro años, mejor dicho, todo lo que arrastraba de máquina en máquina desde 1996.
Es cierto que podré recuperar el material que subí a la ‘nube’ (fotos, vídeos, blogs, webs…) pero el resto permanecerá atrapado en un disco duro de 80GB. Bueno, dispongo de los varios cientos de euros que supondría poder recuperar algo de esa información, pero seamos sinceros, no tenía la novela de mi vida ahí metida (tampoco la tengo en ninguna otra parte), sino más bien algunas fotos personales, cartas de adolescente,… y archivos que ahora mismo no podría enumerar pero que estoy seguro un día de estos necesitaré y me diré: “Estúpido inconsciente, ¿tan difícil hubiera sido hacer una copia de seguridad de las cuatro mierdas que guardabas en tu ordenador?
Ayer hablé de mierda, hoy me ha tocado probarla. Restaurante Bornay. Calle Villa Villasamés 2, Castellón de la Plana. 13:00. Tengo hambre y al mismo tiempo necesito una conexión a Internet. Así que el cartel de ‘Zona wifi’ sumado a un menú del día con fideuá y rape a la almendra por ocho euros, postre incluido, me atrapa.
A los cinco minutos compruebo que la conexión a la red es fantástica, sin cortes y a una velocidad adecuada para las cuatro gestiones que necesito realizar. A los diez minutos… nunca antes había vivido algo similar. La fideuá lleva hecha algo más de una semana, la acaban de sacar del congelador y la han metido un minuto en el microondas. O eso parece. El rape es plástico y el postre, por qué no habré pedido un yogur (con el riesgo de que estuviera caducado, lo sé, pero al menos podría haber visto la fecha, a no ser que…) decía, el postre, pastel de chocolate, es simplemente asqueroso, es como si estuviera masticando una vieja esponja. Escupo el único trozo que he sido capaz de meterme en la boca justo en el mismo instante que compruebo que en la mesa de al lado una pareja parece compartir mi misma opinión. Los he visto quejarse a la camarera que no ha hecho ademán alguno de solucionar el problema, sus caras, como la mía, reflejan la incredulidad ante la mierda que son capaces de servir algunos restaurantes.
Saben los que se pasean por aquí que me gusta caminar por antiguas sendas, habituales caminos en otros tiempos. No rehuyo del presente abrigándome con el pasado, simplemente me apetece recordar. Es así como cuando visito Anrojo para arreglarme un poco los pelos subo con parsimonia Joan Blanques rememorando mis rápidas carreras justo en la dirección contraria para coger un metro que me llevara a Sants…
Saboreando cada paso, compruebo que el ‘paqui’ en el que hacía mis compras, pocas, de última hora, continúa ahí, con sus precios de supermercado de playa, observo como la obra que vi crecer desde los cimientos ha coronado ya y parece que comienzan a habitarla… giro en Tres Senyores, busco un balcón por el que entraba el sol que me despertaba a diario, una puerta que siempre me pareció majestuosa comparada con algunas del barrio, bajitas, estrechas, oscuras… en fin, recuerdos que me gusta tener presentes.
Lo recibí hace unos días:
“He estado disfrutando con tus relatos cortos de sucesos curiosos. Un breve delicia…
¿Te gusta Eduardo Mendoza? Tu estilo me recuerda un poco a él.”
Tardé poco en responder:
Agradezco tus letras y me complace aún más que hayas disfrutado con las mías. ¿Eduardo Mendoza? Nadie me lo había dicho antes, así que tendré que echarle un ojo, no he leído nada suyo. Te confesaré que no soy un gran lector, aunque poco a poco voy abriendo más libros. No es que me guste más escribir que leer, sino que empecé antes haciendo lo primero y es a ese vicio al que le dedico más tiempo.
Se quejan los que más tienen. Acostumbrados como están a la opulencia de otros tiempos no son capaces de asumir una nueva realidad, diferente a aquella en la que su mísero esfuerzo les otorgaba una copiosa recompensa. Quieren mantener todos y cada uno de sus privilegios sin preocuparse por mantener el barco a flote.
Malditos ignorantes, ¿no sois conscientes de la mierda con la que deben sobrevivir muchos ahí fuera?, espero ansioso el día en que la brecha del casco se haga todavía más grande y vuestros culos comiencen a mojarse. Buscaréis entonces un salvavidas, pero no lo habrá, vuestro egoísmo os costará el odio del resto de la tripulación y el nivel del agua subirá centímetro a centímetro ahogando una vida que tal vez nunca merecisteis disfrutar.
Ninguno de los dos esperaba encontrarse ahí, aunque bien es cierto que compartiendo barrio tampoco era tan difícil que sus caminos se cruzaran.
Estuvieron un rato hablando, colocados estratégicamente en una calle secundaria para no entorpecer el paso de los transeúntes que sitiaban la mínima acera de la vía principal. Se miraron con cariño, como siempre lo hacían desde que se conocieran un par de años antes, hablaron con cariño y se despidieron con cariño porque, aunque el de aquella noche fuera ‘el último beso’, el cariño siempre ha estado ahí.
No. No es que me ponga nervioso, es que soy así. No soporto las primeras velocidades cuando se necesita una actuación rápida y eficiente. Además, cuando la lentitud se alía con la torpeza acostumbra a crear un cóctel mortal para el resto del equipo. Lo dicho, no me pidas que me tranquilice porque ya me controlo suficiente, hace ya un buen rato que tendría que haber terminado a hostias con tu estúpida pasividad.
Nos reencontramos no hace mucho. Llevábamos tiempos sin vernos. Mejor persona que socio de convivencia. Estoy seguro que él pensará lo mismo de mí. Hablamos de trabajo. De empresas líderes con sueldos de mierda, historias conocidas que me vuelven a hacer reflexionar… es mejor cobrar el doble y que te lean diez, te escuchen cuatro o te miren dos, que ser un mileurista con doce pagas y doce horas de trabajo diarias, por muchos lectores, oyentes o espectadores que haya al otro lado. Él, alejado de aquellas ‘buenas costumbres’ de ir pisoteando las cabezas del prójimo para conseguir el beneficio propio, no va a entrar en ese juego de palabras falsas y puñaladas en la espalda. Es bueno, pero sin contactos que le coloquen en un puesto únicamente por sus aptitudes, difícil lo tendrá en un negocio donde acostumbran a triunfar aquellos que observan con frialdad la sangre que han derramado para llegar al éxito.
Hace algún tiempo escuché hablar de la mujer-llavero. Dícese de aquella con breve conversación compleja y larga charla banal. Mujer con la que uno sale de casa, cena algo en cualquier restaurante y cuando la cosa de complica se la mete en el bolsillo para que le guarde las llaves. Lo sé, es un adjetivo también aplicable a los hombres, y sin ir más lejos, en Venus 3 podríamos sacar una buena lista de hombres-llavero.
