Paso por su lado. Justo en ese momento suelta a su acompañante y me saca a bailar. Sé que no es consciente de lo que está haciendo, lo veo en sus ojos de ida, así que como no quiero meterme en problemas la acompaño, bailando, a la posición anterior y la devuelvo a los brazos de un tipo que viste forzada sonrisa ante tal espectáculo. La borrachera de ella es peligrosa, lo compruebo una hora más tarde cuando la música se despide de tierras falstaffianas. Quién sabe, puede que mañana despierte sin saber dónde está, o peor aún, sin saber qué ocurrió anoche. Es triste, lo es, pero es tan triste como habitual.
Se cabrean porque no comprenden que las mesas son para dejar los vasos. Son un par de no habituales a las que he sugerido cambiar la posición de sus chaquetas desde una de las diez mesas que pueblan tierras falstaffianas hasta una de las torres de sillas que construyo cada noche para sumar metros cuadrados útiles al local. No se han tomado demasiado bien mis palabras y se marchan afirmando que no volverán nunca más. En fin, manzanas podridas en un árbol que no acostumbra a ofrecer estas sorpresas tan desagradables. En cualquier caso me dejan un sabor amargo y, en cierto modo, condenan mi noche. Soy un jodido perfeccionista al que le gusta que todo salga bien. Sin embargo, poco a poco descubro que trabajando con personas la perfección no existe.
Carpe Diem Lounge Club. Barcelona. Mientras en la terraza los turistas disfrutan de un verano que nunca termina, dentro, echado en uno de los acolchados reservados, busco la inspiración en el tenue chill out que ambienta el local. Combino las letras con mi habana cola. Lo sé, soy de bourbon, pero hoy he decidido que escogiera él, el showman, el que se marcha por sus responsabilidades paternas y me deja aquí, solo pero feliz. El destino, unido a la suerte, te ofrecen este tipo de placeres que no puedes dejar escapar. Pasadas las cinco apuro el habana, recojo las bambas y busco el paseo marítimo.
De camino a casa pienso en la comida en un restaurante de prestigio. Austeridad exterior y exquisitez interior, clase alta y personajes famosos que buscan un poco de anonimato entre un público que no mira a su alrededor buscando caras conocidas.
Lo he vuelto a hacer. He vuelto a pasear por una ciudad desconocida con la simple ayuda de un mapa incompleto. No aprenderé nunca. Soy terco y suicida. Si ya había tardado más de media hora en encontrar un hotel que no estaba a más de diez minutos de camino desde el punto de origen, porque tenía que adentrarme en Bilbo sin una guía decente. Son la once y media de la noche. Fatigado, alargo mi cuerpo sobre una de las dos camas de un cuatro estrellas y me pongo a recordar…
Salgo con la idea de plantarme en cinco minutos en el casco viejo. El tiempo de trayecto lo marcan mis ingenuas previsiones. Tardo 35 en llegar a mi destino. Ahí confirmo la existencia de esos extraños seres que acostumbran a beber en la calle mientras el vacío ocupa el interior de los bares. Tras un largo paseo vuelvo a encontrarme con el Nervión. No lo dudo un instante, estoy en el norte del casco viejo así que debo remontar el curso del río hasta el puente Areatzako. Camino. Camino. Sigo caminando y el puente no aparece. Sí lo hacen otros, otros que no había visto antes, como tampoco antes había tenido noticias de los yonkis que me voy encontrando por el camino. La oscuridad se hace cada vez más opaca y comienzo a dudar sobre la idoneidad de mi ruta. Me detengo. Miro hacia adelante, echo la vista atrás… doy media vuelta y comienzo a caminar. Camino cada vez más rápido, algo asustado, pero con el paso firme, sin mostrar signo alguno de andar perdido en una ciudad extraña. Una hora más tarde llego al hotel.
Desde el mini con el que escribo y gracias a la conexión gratuita de internet que ofrece el hotel, compruebo en Google Maps mi equivocada ruta. He detenido mi marcha a pocos metros del viaducto de Miraflores, a más de kilómetro y medio del puente que andaba buscando. Así es, estaba en el sur del casco viejo, no en el norte.
Nadie de los que me leen, supongo, conoce mis noches de camarero por barras ambulantes. Aquello me encantaba. Jornadas de seis horas ‘non stop’ que terminaban en un suspiro.
A veces me pongo a recordar esos días de estío, rodeado de alcohólicos sedientos que pedían la cuarta cerveza antes de terminar la segunda. Ayer, por un instante, sentí parte de aquellas sensaciones. Fue fantástico. Fue, sin duda, mi mejor noche en el Falstaff (detrás de la barra).
Podría haberme preguntado si tenía algún trabajo que me ocupara entre semana, pero no, tuvo la desfachatez de lanzarme con cierto desdén un: “Estudiar periodismo para esto, ¿no?”. Conté hasta diez antes de responder, no quería formular una replica impertinente, aunque se lo mereciera, algo así como: “Pues sí, cuatro años de carrera para tener que soportar preguntas tan estúpidas como la tuya”. Llegué hasta doce, le expliqué telegráficamente a qué dedicaba mi vida laboral de lunes a viernes y volví a dentro en busca de un bourbon que me hiciera olvidar a la tonta de la noche.
El vino tinto muta el tranquilo carácter de un grupo de suecas que celebran su llegada al medio centenar con movimientos que la mayoría de los algo más jóvenes clientes falstaffianos serían incapaces de realizar. No es la primera vez, ya ocurrió la noche más canosa que recuerdo. Sin embargo, Venus 3 nunca ha sido un lugar de grandes coreografías, más bien de pequeños contoneos que intentan seguir el ritmo de la música.
Comparten origen pero difieren carácter. A una, sus largos silencios y su insultante impasibilidad le alejan de la sociedad; a la otra, su innata capacidad de comunicación le coloca en el centro del meollo. Las conozco lo suficiente como para apostar que nada va a cambiar a medio y largo plazo, menos aún a corto, por supuesto. La segunda no tiene intención de ofrecer su experiencia a la primera, y ésta última tampoco hace ademán de mejorar su forma de vida.
Me pregunto por qué deje de caminar para ir a la oficina. Por qué olvidé mis largos paseos,… por qué se preguntan también mis piernas, poco acostumbradas a una vida tan sedentaria. Cuestiones formuladas después de que hoy rechazara el uso del transporte público y volviera a los buenos hábitos.
Prometo no sucumbir de nuevo a la acomodada tentación del suburbano. Además, esas caminatas acostumbran a ofrecerme pequeños grandes momentos: unos tacones que ceden terminando con su ocupante en el suelo, una cantante-actriz-presentadora, un colega de ésta última, también polifacético, o un perro tomándose un café junto su dueña en una terraza de Gran de Gràcia. Mañana más.
La segunda vez que vuelvo y la segunda que hago el tonto. ¿Qué es hacer el tonto? Llegar puntual a un acto donde la última vez todo comenzó con una hora de retraso. Hoy repetimos. Es lo que tienen este tipo de espacios tan modernos donde los molinillos para la pimienta se venden a 120 euros. ¿Qué haré la próxima? El tonto. ¿Por qué? Porque pensaré que mi primer retraso podría coincidir con su primer día de puntualidad.
Visto barba por distintas razones, ninguna estética, y me encuentro con opiniones diversas y sorprendentes.
Ese mismo atuendo genera una situación estúpida de la que estoy muy harto. Sobre las tres y cuarto de la mañana, un grupo de rezagados me suelta el tópico comentario: “¡Ei tú eres el ‘bigotis’ del ‘APM?’ ¿no?” Sonrío tímidamente. No me queda otra. Soportar la impertinencia y esperar que se marchen rápido. Sin embargo esta vez la broma va algo más lejos y me obligan a fotografiarme con ellos. Justo en el momento en que el flash ilumina Venus, Roger de Gràcia y su tropa atraviesa la calle camino a casa. Silencio. Lo sigo con la mirada y cuando desaparece por Llibertad, comentó a mis ‘admiradores’: “Mientras os retratabais con un pseudofamoso habéis perdido la oportunidad de ver a uno de verdad. “¿…?”, responden.
Veo viajar a sus labios desde la boca del vaso que alberga su cubata, hacia los de su joven acompañante. Demasiado joven, dirán algunos. Él se deja hacer. Ella manda. Lo hace ahora, en un local abarrotado y lo hará también más tarde, entre las sábanas de un catre poco acostumbrado a cuerpos veinteañeros. Allí le lanzará un “no tienes porque moverte” y le regalará una noche de sexo inolvidable.
Casi un año después de prometerme que esta vez iba a conseguirlo, y con más de siete años de retraso (según los tiempos en los que mi entorno cumplió con esta ‘obligación social’), alcanzo un objetivo que no debía de haber aplazado tanto tiempo. Quizá no sepa manejar del todo ‘aquellos trastos con motor y cuatro ruedas’, pero ya tengo ‘licencia para matar’.
Dos agradecimientos. A ella por empujarme a coger los libros de una vez por todas; y a él por defender lo indefendible y convertir un suspenso innegociable, en un apto por el que nadie hubiera apostado.
Me presenté cordialmente buscando una respuesta sobre su vida actual, nada personal, algo así como un “vamos haciendo. Trabajo en… la cosa está parada pero…”. Sin embargo, nada. Me dirigió un escueto y estúpido “bien” y se marchó con otros colegas con los que la había visto charlar durante toda la mañana. No obstante, podría haber estirado aquello un rato pero no era cuestión de forzar una conversación que ella misma había decidido no comenzar…
Es triste que después de años compartiendo aulas, apuntes y horas… no quede nada. Sólo caras conocidas que parecen, o quizá no quieren, recordarte.
La suave brisa del viento viaja entre las palmeras creando la banda sonora de una película que protagoniza el Atlántico y donde un volcán sirve de telón de fondo. Tres taxis, dos aviones y un barco. Largo camino a recorrer para llegar a la cima de un acantilado desde donde sólo debes mirar hacia el horizonte, cerrar los ojos…
(Agosto’09)
Nunca comprendió cómo, teniéndolo todo, no era feliz. Ese ‘todo’ era su ‘todo’. El todo que sustituye a aquellas facilidades, aquellos derechos, aquella vida inalcanzable a mediados del XX. No fui sincero con ella, en realidad no lo era con nadie entonces. Podría excusarme diciendo que no la mentí, que sólo omití hablar de mis sentimientos, pero aquel tipo seguiría siendo un hipócrita escondido detrás de una expediente académico excelente.
“¿Y por qué no te separas?” Me sorprendió escuchar la pregunta, pero más aún como respondió ella. No lo hizo con un no rotundo, ni con uno tímido, en realidad no negó nada, pero estoy seguro que todo seguirá igual. La escuché tan resignada a seguir viviendo aquella relación de atrezo. Cuando comenzó a hablar sobre sus opuestos carácteres enseguida se acordó de sus hijos y añadió que en el fondo quizá se querían… ¿Quizá? Supongo que en ese fondo también aparecía un mísero sueldo que no la permitiría ser independiente, y aún siéndolo, quizá no se atrevía a prescindir de él y quedarse sola con lo niños, aunque viera de lejos los cuarenta y tuviera toda una vida por delante.
El sol se despide del portal. No sé cuánto tiempo llevamos ahí sentados, besándonos. La oscuridad comienza a esconder un rostro que ahora sólo soy capaz de reencontrar a través de mis labios.
Viernes tarde. En la cuarta planta de un edificio que pasa inadvertido en medio de una ciudad que no deja de crecer, únicamente él. Alarga la jornada laboral hasta el extremo. No quiere volver a casa. Vive solo, inmerso en una soledad que el mismo ha creado. En un sencillo apartamento del barrio más obrero de la urbe intentar olvidar que ella ya no está ahí. Se alimenta de su recuerdo, es lo único que le queda de aquella relación condenada al fracaso porque ambos dejaron pasar el tiempo sin que ocurriera nada.
Hace tiempo que se autoconvenció, equivocadamente, de que no le quedaba otra. Que debía vivir así, anclado en el pasado. Recordando y sufriendo cada vez que sintiera su ausencia. Cuando se marchó sabía que no volvería jamás así que desde entonces siempre ha necesitado ese recuerdo, siempre ha necesitado ese dolor para tenerla cerca.
Hace algo más de cuatro meses comenté que no apostaba por “un final falstaffiano causado por un dramático descenso de las ventas de alcohol, aunque la crisis lo estuviera intentado”. No he cambiado de opinión, pero mis cuatro días de trabajo previstos para esta semana se han reducido a dos.
Intenta abofetear mi orgullo como si así fuera capaz de obtener el beneficio alcohólico que desea. Un cliente habitual. Escribo estas letras mientras él las lee. Sorprendido, supongo, porque no conoce esta faceta del tipo que le hace guardar silencio a la salida del local. Me ha espetado algo así como que no puedo invitarle porque no soy nadie en tierras falstaffianas. Sonrío y sigo escribiendo.
Puede que a punto de cumplir los tres años fuera consciente de que el tabaco estaba acabando con su vida… que tendría que buscarme a otro hombre que me enseñara a afeitarme cuando la genética se manifestara llegada la adolescencia. Aunque sé que no sólo fueron los dos paquetes diarios de Ducados, por aquel entonces la prevención de riesgos laborales era algo así como una objetivo inalcanzable. Decía, puede que fuera entonces cuando nació en mí una repugnancia absoluta al tabaco. En los últimos 25 años no he mantenido una relación estable con esa adictiva combinación de alquitrán, monóxido de carbono, benceno, amoníaco… De adolescente tuvimos pequeños flirteos, torpes caladas a escondidas para conocer esas sensaciones que tanto éxito despertaban en la pandilla, pero, afortunadamente, nunca llegamos a nada serio.
Hoy por hoy continúa llamándome a menudo, yo mismo me lo he buscado, y hay días en los que le metería una patada en el culo, a él y a un Venus 3 que perfuma mi vestimenta laboral con una olor repugnante. Confío, o espero, soportar las pestilentes noches falstaffianas durante unos meses más, hasta que dejemos de tener unas leyes tan patéticas.
Me pide el teléfono buscando la ayuda que no me ofreció cuando tiempo atrás me pegó una patada el culo. ¿Rencoroso? ¡Dios sabe lo rencoroso que he sido con él! No lo he perdonado nunca… y espero no tener que hacerlo jamás. Han pasado muchos años desde aquello, pero continúa intacto ese sentimiento de asco al verlo. En cualquier caso, nunca suelo demostrar esa repugnancia ante su presencia… el tiempo me ha enseñado a guardar las apariencias, a reír las gracias ajenas.
Discrepan los habituales. Discrepan cuando se les pregunta sobre el estío en Venus 3. En agosto cambió, entre otras cosas, la música. A unos les encantó las notas que se escaparon por los altavoces falstaffianas; a otros les pareció un ultraje a la habitual lista de éxitos que suena en el Falstaff. ¿A mí? Ya hace tiempo que me declaré neutral en esta guerra musical… hace tiempo que dejé de sorprenderme (para bien y para mal) ante los ritmos que acompañan mis nocturnas jornadas laborales.
Insiste con la misma. Nada. Las palabras no le sirven, tampoco su invitación a pagarle el combinado alcohólico que desee. Sin embargo, vuelve una y otra vez, y ella parece tomarse todo aquello como un juego de resistencia. La miro. Me mira y sonreímos juntos desde la distancia. Disfruta con todo aquello aunque sé que su paciencia está llegando al límite. De repente, desiste y se marcha. Al final ha sido él el primero en perder la paciencia. Ella ha soportado con una brillante estoicidad al moscón de la noche.
Me putea que el pijerismo más asqueroso y repelente de Barcelona se haya salido de su ruta habitual de locales ‘cool’ y se plante en tierras falstaffianas. Llevan más de quince minutos vociferando frente a Venus 3. No consigo mitigar sus ladridos. Desisto porque no estoy al 100% y no me gusta perder las batallas lingüísticas. Menos aún con esta especie de animales salvajes. Lo peor de lo peor, seres incapaces de mostrar el más mínimo respeto por los demás. En definitiva, escoria humana de la que llevaba tiempo sin tener noticias por aquí.
La rabia de él permaneció durante varias semanas en los brazos de ella. Gruesas y enrojecidas líneas le recordaron a diario una agresividad que nunca imaginó cuando se conocieron. A pesar de aquellas marcas, siguió invitándolo a su cama. La trataba como una simple muñeca de trapo pero ella obedecía a todos y cada uno de sus caprichos por absurdos que fueran.
Llegado el estío, diez meses después de las primeras ‘caricias’, se alejaron temporalmente porque sus planes vacacionales diferían demasiado como para compartirlos.
Hace unos días, ella, enamorada, comenzó a preocuparse. Llevaba una semana sin saber nada de él. Así pues, se armó de valor y le escribió una carta en la que le explicaba que no podía seguir así. Él, frío y calculador como siempre, le respondió con un simple ‘De acuerdo’. Después, el silencio.
La historia es tan real como triste. Sólo hay un detalle que la aleja de la realidad, ella es él y él es ella.
Bajo Verdi, atravieso Revolució, cruzo Travessera, me adentro en Fraternitat… No sé porque extraña razón no he pedido la baja y me he escondido debajo de las sábanas durante unos días. Apenas cuatro horas después de que la enfermera de urgencias me haya prohibido el contacto con el tabaco, entro en Venus 3. ¿Mi baja? No le debo nada a la empresa ni tampoco tengo nada que demostrarme a mi mismo. Sin embargo, comienzo el que va a ser el peor fin de semana falstaffiano. ¿Por qué? Porque soy así de estúpido. Tan estúpido como cuando habiendo tenido la baja en la mano, la patronal me respondió que no era necesaria. Supongo que entonces me estafaron pero no fui consciente de ello hasta tiempo más tarde. Y ahora, 27 meses más tarde, soporto una anginas inflamadas hasta el extremo como si no tuviera otra opción. En un par de minutos comenzaré a fumar, pasivamente, dos paquetes por hora. Echando cuentas… será mejor no pensar en ello. Sólo me queda esperar que esta noche la fiebre me dé una tregua y no se pase por mi cuerpo.
Aterrizo en la nueva Terminal 1 del Aeroport del Prat. Atrás queda Sevilla. Atrás el descubrimiento que los 39ºC de la capital hispalense son pecata minuta al lado del bochorno en el que vivo desde hace años y que multiplica por dos la temperatura que marcan los termómetros que también recuerdan la hora. Atrás queda también la historia de una china adolescente que le roba a su madre para pagarse los vicios, entre ellos, el de volver del instituto con taxi. Me lo contó su chofer habitual con el que compartí viaje al aeropuerto sevillano.
Pensó que dejaría de visitar su cama, que un día el silencio sustituiría el sonido de sus llaves buscando el camino para franquear la puerta. Pensó que igual que una noche se metió entre sus sábanas, llegaría otra en la que saldría de ellas para no volver jamás. Era más joven y más guapo, según su subjetivo y enamorado punto de vista. Pensó que un día se cansaría de ella y buscaría otros labios que explorar, otros ojos donde perderse…
Me lo contó no hace mucho, me explicó que todavía continúa ahí, al otro lado de la cama; me explicó que disfruta besándolo a todas horas; me explicó que siempre pensó que todo aquello sólo podría haberlo vivirlo en sueños y que ahora, cuando retorna de su paseo con Morfeo, lo tiene a su lado, haciendo realidad lo que hasta hace apenas unas semanas era una fantasía a la que sólo alcanzaba a llegar su imaginación.
Si los silencios hablaran crearíamos ruido ahogándonos en una marabunta de sonidos que nos librarían de la realidad que escondemos pero que nos harían cada vez más estúpidos.
Cuando me preguntó si en un par de años me veía trabajando ahí, respondí lo que quería escuchar: “No, por supuesto”. Entonces me faltaron las agallas suficientes para explicarle que las noches falstaffianas habían creado algunos de los mejores momentos de mi exigua existencia. No tuve el valor de replicarle que iba a estar ahí hasta que el cuerpo, o la vida, me dijeran basta, y que además ese momento no estaba escrito en ninguna parte. ¿Dos años? En aquel comento, como ahora, sabía que Venus 3 aún podía ofrecerme grandes noches en los próximos años, pero al mismo tiempo sentía la cobardía apretándome las entrañas y obligándome a pronunciar la respuesta más sencilla, la respuesta que la complacía y que además me conducía hacia sus sábanas… Reconozco que la sinceridad nunca fue lo más destacable de todo aquello.
En la oscuridad me serví de mis manos para guiarme por su cuerpo desnudo. Al abrazarnos soñé con permanecer ahí hasta el amanecer. Era un momento mágico.
Lo sigue siendo. Lo es a diario porque a sabiendas de que no conseguiremos nuestro objetivo, cada noche continuamos intentando alcanzarlo. Quién sabe. Quizás un día el imposible se convierta en poco probable y nuestro sueños encuentren un resquicio por el que adentrarse en la realidad.
En aquel entonces calló porque no supo como continuar ese íntimo intercambio de misivas. Ahora no duda en hablar, más aún cuando se le pregunta por su elocuencia, ambos saben que nunca se ha marchado. De repente siente que las palabras no sirven y la busca detrás de una puerta que nunca antes había visto. Sorprendida le hace pasar al salón, él acepta la invitación de compartir sofá, pero no la de tomar algo juntos, demasiado tarde, demasiado alcohol. Ha decidido ofrecerle toda la sinceridad que lleva consigo y que hasta entonces nadie ha alcanzado a tocar. Le habla de lo que siente, de sus miedos, de sus lágrimas, de sus sonrisas, de aquellos labios que no puede dejar de besar, le habla de su vida ahora. Llora. Sus ojos siempre reparten lágrimas cuando abre el corazón, bueno, en realidad, lo ha abierto tan pocas veces que no recuerda qué ocurrió la última vez. Se enjuga las lágrimas con un pañuelo que ella le acerca y se funden en un fuerte abrazo.
[...]
“Al que tanto han dañado…” Lo repitió una y otra vez buscando las palabras más acertadas para explicarle que nadie, más allá de él mismo, había herido nunca su corazón. Había estado tanto tiempo sin creer en si mismo que ahora todo le sobrepasaba. Ahora que disfrutaba mirándose al espejo, aunque todavía lo hiciese tímidamente; ahora que podía mirar a los ojos al resto de la gente sin bajar la mirada; ahora que había dejado de utilizar el “no” para convertirlo en un “por supuesto”; ahora que comenzaba a vivir… Hasta entonces su vida era una mísera retahíla de falsos y fugaces buenos momentos. Si no quería compartir su existencia consigo mismo, como iba a compartirla con alguien, pensó. Sin embargo, ahora sí se sentía con fuerzas de salir del túnel en el que él mismo se metió aquella efímera noche de hace más de diez años. Negar que todo cambió entonces, sería como negar su propia vida.
Puede que aunque calculara cada una de mis palabras terminara jugando con ella, no sería la primera. Necesitaba responder a sus buenas letras con lo mejor de las mías. Sin embargo, no lo entendió así y nunca comprendió que no quisiera fundir mi cuerpo con el suyo como ella siempre había deseado.
Off topic: He vuelto para quedarme. Y lo haré como en los viejos tiempos. Escribiendo un poco más oscuro, pero mucho más íntimo. Gracias por seguir ahí.
A inicios de mayo de 2008 escribí algo que borré cuatro semanas más tarde. Hoy, hoy que después de ‘ponerme al día con mis entradas’ he decidido volver a escribir sin morderme mucho la lengua, ofrezco unas letras que sólo unos pocos pudieron leer entonces.
Se despide del Falstaff enviando a su mano de visita a mis nalgas. Esta historia hace tiempo que perdió la gracia que pudo tener en un principio. Da igual el sexo de cada uno, si yo fuera una mujer y ella un hombre tendríamos a una niña que no alcanza los 24 soportando un sobón de treinta y muchos.
Todo esto ocurre en una noche en la que me invitan a un encuentro VIP de relojeros; me ponen los dientes largos con un viaje a Formentera en pleno mes de mayo; y un fotógrafo compulsivo tiene una crisis con su pareja por un flirteo al que, como siempre, él le quita importancia, mientras ella (de lo más bello de la noche) pide una reflexión: ¿Y si hubiera sido yo? Le he oído preguntar mientras se negaba a entrar de nuevo al local.
Off Topic: Niña de 15 años al habla: “Me he gastado siete euros en una tarjeta para diez viajes en metro, ¡es un cubata tía! La próxima vez le digo a mi padre que me lo pague”. No llega a los 16 pero posee el carné de una amiga algo mayor que ella con el que, según la escucho contar, entra cada fin de semana a la discoteca. ¡Cómo está el patio!
El primer sábado sin Falstaff aparece entre un viernes de despedida con poca clientela y mucha tranquilidad, y cuatro semanas lejos de Venus 3 que me permitirán desconectar de la vida falstaffiana. Eso sí, muy pronto llegará septiembre y con él volverán los grandes y buenos momentos, así como los capítulos más detestables. Detestable como el de aquel padre de familia que hace ya algunas semanas, tras dejar el cubata en el suelo, se puso a mear entre dos contenedores ante la mirada atónita de sus amigos.
¡Ah! El que también volverá, aunque ojalá no lo hiciera nunca, es el alquitranado humo de mis ‘estimados’ clientes fumadores. ¡Dichosos los turcos porque de ellos (como de otros muchos y privilegiados europeos) será el reino del aire puro.
“Soy más falso que un duro sevillano”. Es de los pocos amigos que mantengo de mis años universitarios. Afirma haber tenido suerte, aunque lo dice con la boca pequeña. Un buen sueldo y contrato fijo. “Eso es una suerte de narices en los tiempos que corren”, exclamo. “Sí, pero…” Cuenta que las únicas veces que sale de la oficina es para fumarse los tres o cuatro cigarrillos de los que todavía no ha conseguido desligarse tras años luchando contra el tabaco. “Periodismo de fluorescente”, lo llama. Sin embargo, lo peor son sus compañeros de trabajo. Personajes que llevan viviendo más de treinta años en la misma mesa y que si el despido fuera más barato no volverían a trabajar de lo suyo en la vida. “¿Despido libre?”, le pregunto extrañado a sabiendas de que siempre ha estado al lado de los trabajadores. “Óliver, si soportaras durante un día lo que yo he de vivir a diario, saldrías a la calle con todos los patrones de este maldito país para conseguir la eradicación de un tipo de trabajador que, con una productividad pésima, está pudriendo nuestro tejido económico”. Silencio.
“Nos hemos dados dos picos y porque su amiga tenía que dormir en su casa que si no…” Fantasma. Embustero. Cuentista. Tramposo. Cómo ha podido ser tan estúpido. Cómo, tras verme hablar con ellas, tras observar como nos despedíamos afectuosamente, ha sido capaz de soltar una mentira propia de un niñato adolescente que intenta hacerse el macho ante sus colegas. Supongo que es lo que ocurre cuando alguien no me conoce, mejor dicho, cuando alguien no me lee. Cuando no advierte que he conseguido la confianza suficiente con ellas como para que me confiesen que aquel tipejo que las está esperando en la calle no ha hecho más que acosarles durante toda la noche sin conseguir nada.
Me siento en la puerta de Venus 3 junto a dos clientas que han salido en busca de una temperatura más agradable y un aire menos tóxico. Cinco minutos más tarde, no sé muy bien cómo, la conversación versa sobre lo que desean encontrar detrás del tipo que les robe el corazón. Hablan de bondad, de simpatía, de sentido del humor, no olvidan tampoco la belleza exterior que será lo primer que vean sus ojos y lo primero que procese su cerebro… “¡Ah! Y que sea bueno en la cama“, sentencia la mayor de las dos. He aquí una verdad universal y una realidad que termina, a menudo, con el futuro de muchas parejas.
“Suena Facto delafé… y automáticamente recuerdo quien me colocó esas notas en mi iPod. Pienso en ti y en que no estaría de más escribirte cuatro letras mal juntadas para saber cómo ha ido el finde, para saber qué esperamos de la semana… para saber de ti. Pero entonces ocurre lo de siempre, la pereza de ponerme a crear algo, el ya lo dejo para más tarde, espera que haga la cama, escobe la casa… y justo entonces, justo cuando estoy a punto de cerrar la ventana de ‘nuevo mensaje’ pienso que la pereza lleva al silencio y el silencio conduce al olvido. Además ya hace un tiempo que no sabemos nada el uno del otro así que seguro que podemos contarnos algo.”
Lo ha hecho una vez más. Aparece por el Falstaff sin avisar. Pasa a saludarme, a crear un abrazo del que ninguno de los dos sabíamos nada desde hacía semanas. Justo cuando nuestros cuerpos se han unido le he susurrado al oído aquello de “la pereza lleva al silencio y el silencio…” Dejar que la desidia termine con una gran amistad sería un error imperdonable.
Es la mujer con la que he compartido más lágrimas en mi vida. Aunque reconozco que he visto llorar más a sus ojos que ella a los míos. Hoy me ha mostrado de nuevo su enrojecida mirada y yo no he podido más que abrazarla. La vida es así de injusta. Trabaja como pocas y apenas encuentra recompensa a su esfuerzo. Pero igual que un día venció al miedo al fracaso y consiguió un título que creía inalcanzable, estoy seguro de que llegará aquel en el que se valoré su trabajo y consiga lo que pide, esto es, sencillamente lo que se merece.
Plaça Catalunya. Fue aquí donde nos vimos por última vez. Donde le tomé las últimas fotos. A él y a su excelencia artística.
Hace unos días, cuando desde el otro lado del teléfono ella me preguntó si “ya lo sabía” pensé rápidamente en las últimas noticias que conozco sobre el lugar donde yacen mis raíces. Mi silencio respondió negativamente a la pregunta así que continúo: “Ha muerto”. En un principio no relacioné el nombre con la eterna despedida, ni tampoco la resignación que advertí en el tono de sus palabras. ¿Una muerte anunciada? Así era. Yo, desconectado de un mundo que me vio nacer, crecer y desaparecer (temporalmente), no conocía la existencia de su enfermedad.
Nunca lo vi enfermo. Aquella tarde de septiembre firmó un espectáculo magnífico, como era habitual. Fue meses después cuando llegó el malestar, los médicos, los análisis… y las malas noticias. El tratamiento buscaba un casi imposible (la medicina siempre afronta retos que parecen inalcanzables y que a menudo abren puertas a la vida), decía, un casi imposible en el que todos se agarraban con fuerza mientras lo veían luchar contra una enfermedad que tenía al tiempo como mejor aliado. Y el tiempo pasó y él, y su excelencia artística, desaparecieron para siempre.
No hablaba con ella desde hacía meses y ayer me pregunté que debería estar haciendo. Comunicación instantánea. Le comento mi interesante experiencia con unas compañeras de su oficina. Me responde: “Lo sé. Escuché tu nombre cuando confirmaste la asistencia…” Tras los puntos suspensivos, el anuncio de su adiós. Está en la lista negra. Forma parte de la relación de trabajadores que terminarán en el paro tras un Expediente de Regulación de Empresa que nadie (de los de abajo) esperaba.
En cualquier caso, muy a menudo, estos cambios de rumbo agríos e inesperados terminan significando una vida mucho mejor de la que ofrecía el trabajo y el sueldo que se escapan de las manos de la noche a la mañana. Lo sé. No siempre es así y a veces el despido conduce a la depresión y más tarde llega el suicidio.
Un autóctono y conocido actor se queja de la escasa cantidad de mujeres que esta noche se han acercado a tierras falstaffianas. Le contesto preguntándole cuántas necesita para saciar sus necesidades. Sonríe. No responde. No sé él, pero conozco a unos cuantos hombres que aún teniendo un harén saldrían solos de Venus 3, resultado de su incapacidad para comunicarse con el sexto opuesto.
“Soy muy tímida”, exclama buscando una justificación que no existe. Me lo cuenta una habitual de amplia sonrisa y atractivas curvas. Habla del viernes pasado, habla de una oportunidad perdida, una más en una lista de historias sin comenzar. Quién sabe, quizás él se marchara solo, esperando un: “Llevo toda la noche pendiente de tus ojos”.
La dejo dentro, con sus amigas y sus cigarrillos y me marcho fuera a la caza una pizca de aire respirable. Ahí descubro la historia de un argentino que, con pie y medio en el altar, se marchó a Brasil para pasar unos días con una amiga. Es ella quien me explica los detalles. El destino ha hecho que entre la clientela falstaffiana aparezca un conocido del protagonista, y que ella, al verlo, haya recordado aún con más fuerza aquel triste capítulo de su vida. Triste como su tristeza al rememorar como lo beso en el cuello tiernamente y como él no hizo ademán de nada, ni rehuyó su gesto cariñoso, ni… Aprovecho su silencio para darle mi punto de vista: “Le entró un calentón de campeonato, pero al llegar a la capital carioca se acongojó de tal manera que no fue capaz ni de una cosa ni de la otra, ni de confensar que te amaba, ni de inventarse una falsa, bonita y convincente excusa para haberse venido a verte dos días antes de casarse”.
Silencio. Ocupo la mitad de una inmensa cama instalada en una habitación doble dentro de un hotel que inauguran en un par de días. Oscuridad. Son las tres menos diez de la madrugada. No hace mucho que he terminado con mi bourbon con cola (algo extraño entre semana) y he subido a la habitación a escribir algo. Soledad. No. No hablo de sentirse solo porque apenas ‘ocupe’ una mínima parte de los metros cuadrados a los que accedo a través de un tarjeta personalizada con mi nombre y protagonizada por un pájaro carpintero. No. Hablo de hallarse descolocado porque no hago lo que debería estar haciendo, porque me escondo bajo la falsa fachada de viajes relámpagos a hoteles de cuatro y cinco estrellas, hoteles que descritos con mis palabras parecen todavía más fastuosos. Hay algo que no funciona.
Con el ruido de los flashes comienza la peor pantomima que he visto en mi vida. Lo sé, sé que son habituales pero no acostumbro a moverme por estos rosas y pomposos mundos. Primero aparece ella. Embutida en un ceñido vestido confeccionado en el siglo XXI con patrones del XVIII, responde las escasas tres cuestiones que le formulan. Se marcha.
Entonces, él. Está de vuelta de todo. Cuando le preguntan por qué ha venido no hace el mínimo esfuerzo en inventarse algún bonito juego de palabras que agradezca lo que le han pagado por estar ahí. Algo así como: “Es un lugar maravilloso, recomendable, bla, bla, bla..”. “Dinero”, responde escueto y sincero.
¡Ah! La traducción es pésima y uno se pregunta porque se habrán gastado tanto en unas cosas y tan poco en otras (acabo de leer el artículo de un famoso periodista y… ¡ha citado las palabras del protagonista basándose en la versión de la traductora! Pa’ echarse a llorar).
03.08. Madrugada del sábado al domingo. En la calle Venus queda apenas una docena de clientes. Noche tranquila con final tranquilo. Observo como el alcohol ha terminado con todas las defensas de unos atractivos rizos que junto a una amiga intentan huir del ataque del peor buitre que sobrevuela tierras falstaffianas casi todos los fines de semana. Me mantengo al margen junto al único cliente cuyo nombre sí acostumbro a escribir por aquí. Sé que se han mirado dentro y sé muy bien cómo terminan las historias que no comienzan: no tiene un final, porque tampoco poseen un principio. Así pues, no lo dudo un instante. Me acerco a ella, la cojo de la mano, le pregunto su nombre (no nos conocemos) los presento y me despido fugazmente, ya no tengo nada que hacer ahí.
Lleva tantos años rodeado de mujeres que una simple mirada le basta para conocerlas mucho más allá de lo que cualquier otro hombre conseguiría con horas de observación. Son ellas las le ofrecen la materia prima con la que trabaja, son ellas las que le cuentan historias con las que teje un conocimiento que muchos desearían poseer.
Charlamos sobre la belleza que se sienta en la esquina de la barra. “Unos pechos realizados con la mejor arcilla del mundo”, afirma. Desconozco el material con el que están hechos pero no puedo negar el nivel de sus senos. “¿Edad?”, pregunto. “Tiene una barbilla de 40 años”, responde. “En cualquier caso”, continúa, “es una mujer muy cara, muy cara de mantener”.
Se marcha y me quedo con un local lleno. Un lleno que me cabrea porque quería una jornada de tranquilidad y la noche me ofrece un completo de no habituales.
Entro en Venus 3 una hora antes de lo normal. He salido de Perill 33 ahíto pero maldiciendo la avaricia que ha terminado con el ‘precio de amigo’ del que habíamos disfrutado hasta anoche. Aplazo el primer bourbon para más tarde y observo a la poca y madrugadora clientela que bebe con parsimonia y tranquilidad.
Sobre la medianoche aparece un grupo de conocidos. Entre ellos, el protagonista de ‘canas’. “Creo que ha llegado el momento de promocionar algo mis letras”, pienso para mis adentros. Me acerco a ellos, les saludo y… cinco minutos más tarde, la pantalla de mi móvil les muestra la historia de aquella noche. Los observo desde lejos. Sonríen mientras leen. Es, sin lugar a dudas, uno de los mejores momentos que puedo vivir en tierras falstaffianas.









