sinceridad, hace dos años

Cuando el viernes escribí sobre la sinceridad, tuve una cierta sensación de déjà vu, aunque no terminé de descubrir a qué me recordaba todo aquello. Ahora, paseando por mi primera casa bloguera, he encontrado la respuesta.

sinceros con nosotros mismos (11/01/2007)

Amanece. Demasiado tiempo tumbado en el catre. Siempre igual. Apagas el despertador diez veces antes de enfriar tus pies desnudos buscando las dichosas zapatillas que siempre pierdes en el momento más inoportuno.

No te preguntarás nunca más por qué lo hiciste. Sabes la respuesta y has escrito sobre ella tantas veces… Ahora sólo tienes dos tareas pendientes. No volver a caer en los mismos errores y rezar para no ser tú el que llora amargamente ante un personaje indescriptible que no piensa en los demás.

Cuando nos falta confianza maltratamos a la gente como si tuvieras el recambio en el segundo cajón de la mesilla; cuando la recuperamos, a veces, somos crueles, sinceramente crueles, y decimos lo que realmente pensamos. Tal vez si empezáramos por ser sinceros desde el principio… tal vez si empezáramos por ser sinceros con nosotros mismos…

un mísero cabrón sin sentimientos (19/01/2007)

Te evita. Besos de compromiso y sonrisas simétricas. A veces, tras demasiado tiempo inmerso en falsedades, llega el momento de ser sincero, no sólo contigo mismo, sino con los demás. Ella te lo pedía sin palabras. Mejor así. Lo único que podría haberte espetado a la cara eran insultos enrabietados.

No hubo intercambio de miradas. La luz apagada dejó a solas las palabras de un arrepentido que volvía a llegar tarde a su cita. Escuchó de mí lo que quería. Había sido un idiota, un mísero cabrón sin sentimientos, un niño jugueteando con su muñequita de terciopelo. Ambos necesitábamos aquel momento. Para ella no iba a dejar de ser un cabrón confeso, pero descubrió que reconocía mis errores. Tarde, muy tarde, pero había llegado.

“Lo siento”… ¡Qué fácil resultan las palabras después de clavar cuatro puñaladas! Niño, ¡cabron! ¡despierta!

soberbio intercambio epistolar

“Una de las peores cosas que podemos hacer es negar el amor. Pretender que lo sentimos cuando no lo sentimos y pretender que no lo sentimos cuando lo sentimos…”

De acuerdo con sus propias palabras, ella nunca negó lo que sentía. Me lo dijo una y otra vez. Yo, lejos del inconsciente de antaño que se hubiera metido entre sus sábanas la primera noche, siempre mantuve las distancias. Tampoco quería negar el amor, no iba a pretender que lo sentía cuando no lo sentía. Desde que descubrió mis letras, hace ya varios meses, tejimos un soberbio intercambio epistolar que ha terminado hace unas horas con un “Gracias”. Estoy feliz. Feliz de no haber caído en el error de enamorarme de unas letras, ni de utilizar las mías para crear falsos sentimientos. ¡Quién me ha visto y quién me ve! Todo esta historia me ha hecho recordar algunas palabras escritas hace ya algún tiempo*.

me enamoro de repente (29/04/2007)
Hoy me intenté enamorar de ella. Comencé a crear todo una lista de argumentaciones que defendieran la tesis de que necesitaba tenerla a mi lado cada amanecer. Lo intenté con todas mis fuerzas. Idolatrándola y asesinando al resto del mundo. Soñé que sería feliz al despertarme a su lado. Soñé. Sueños. Fantasía…

Definitivamente no puedo enamorarme de ella. No puedo. No puedo porque subo al tren y me enamoro de repente. Sin tener que echar mano de la imaginación, sólo una mirada y mi corazón, desembocado, intenta huir de mi pecho.

*Este año me he propuesto recordar lo poco que queda de mi primera etapa bloguera. Así pues, cuando el presente me traslade al pasado, miraré entre mis escritos si existen letras que describen aquellos días.

¿estás huyendo?

No recuerdo muy bien cuándo me enamoré de ella. Supongo que la primera vez que la vi. Quizá hace algo menos de dos años, o algo más de tres. En cualquier caso, como soy un cagao’ de primer nivel, ahí terminó todo, en ninguna parte. Pasé del enamoramiento platónico, al falso odio que uno mismo se crea para evitar seguir pensando en alguien. Pasé de escribir a diario sobre ella, a mandarle a la mierda, narrativamente hablando. Hace algunos días me volví a enamorar de ella, aunque en realidad supongo que nunca dejé de estarlo.

Llegados a este punto, y visto que últimamente sois unos cuantos los que os reunís por aquí, he decidido que no estaría de más promocionar algo de mi pasada pseudoliteratura. Además, refleja lo que sentí y siento, lo que hice y hago; en fin, lo que no quiero seguir haciendo ni seguir sintiendo.

¿estás huyendo? (28/12/2005)

Tenía tanto trabajo por hacer que tan sólo esperaba el momento de terminar aquel asqueroso semestre. Echarme en la cama, dormir. Poner la misma Marlango que estaba escuchando en aquel momento pero sabiendo que mi agenda navegaría demasiado lejos para recordar si quedaba algo pendiente. De repente, un sueño. Su rostro, sus ojos, su mirada y mi miedo.

Cuando nos falta confianza llegamos los últimos a todas partes. Las cosas ocurren mucho antes de que sepas de ellas. Entonces te quedas allí sentado, con la cara de un estúpido que intenta no parecerlo. Estúpido. Mirando hacia otro lado, como si lo que ocurriera a tu alrededor no te importara. Peor aún, como si no vieras nada. Tú a tu bola. Cada vez más estúpido. Al mismo tiempo sus labios despegan en busca de… podrían llegar a cualquier parte, tan sólo una excepción. Los tuyos. ¿Por que? Porque llevas mucho tiempo sin intentar buscar una solución a todo esto. Mejor dicho, nunca la has buscado. Y “todo esto” se resume en sólo tres palabras: ella, ella, ella.

Intentas huir de ella como si el tiempo corriera a tu favor. El tiempo pasa, es cierto, pero tan sólo se alía contigo a la hora de olvidar una historia ya terminada. Lo tuyo no llega ni a prólogo. Observas cómo el paso de los días borra los capítulos de una historia que no te atreves a escribir. Siempre lejos de sus ojos, lejos de su mirada, lejos, demasiado lejos. ¿Te asusta? Más te asustaría imaginar que será de ti cuando tu historia acabe olvidada entre los bocetos de un escritor mediocre.

Hazme un favor. Si no llegas demasiado tarde para recorrer el camino perdido y volver a toparte con sus pasos,… olvídate del miedo. Explícale que un día tuviste demasiado trabajo para hacer otra cosa que no fuera intentar salir de aquel túnel estresante. Pero de repente apareció ella y sentiste que aunque las cosas siempre podrían ir a peor, ella estaría allí. Dile que quieres dejar de soñar.

Despierta. Quizás todavía continúe allí.