bar outside

Salgo de la oficina. Es tarde. Oscuro. El cielo está listo para comenzar la guerra. Yo, sin paraguas a mano, voy a caer en la primera batalla. Me arriesgo. Confío en una tregua de veinte minutos. Sin embargo, diez segundos más tarde, justo al cruzar la calle… Llueve, llueve con fuerza. Me pregunto entonces por qué me compré una bolsa donde cupiera de todo, si después la lleno de vacío y no me sirve para nada.

No hay alternativa. No la hay si quiero llegar seco a casa. Necesito buscar un lugar donde resguardarme de un grupo de enfurecidas nubes… Refugiado en un pequeño portal observo a mi alrededor… tengo el Outside* a cincuenta metros. ¡Uf! Respiro aliviado.

*Bar Outside
Consell de Cent, 273
08011 Barcelona
Tel. 93 454 35 95

acera de montaña

Pasan cinco minutos de las tres y media de la madrugada. Torrent d’en Vidalet termina justo donde da comienzo Tres Senyores.  Allí acostumbro a tomar la acera de montaña, la más adecuada a mi destino. Además, su mayor anchura me ofrece más comodidad cuando he de compartirla con otros transeúntes. Sin embargo anoche, con un trabajador del Ajuntament revisando la pareja de contenedores que viven en mi lado preferido, escogí no salir de la acera que me había subido por Torrent y pasear camino a casa por el lado mar.

Veinte metros más tarde un estruendo penetra en mis nuevos auriculares interrumpiendo a Facto. Giro automática la mirada hacia mi izquierda. Es la esquina de Tres Senyores con Salinas. Una maceta acaba de precipitarse al vacío. No sé muy bien desde qué altura, pero recordando el ruido y observando la tierra y las flores esparcidas por toda la acera,… no habrá sido desde el primero. Atónito. Esa era mi ruta predeterminada y de seguir mi habitual camino esa maceta hubiera terminado encima de mi cabeza. Supongo que anoche no me tocaba morir.

animales de dos patas

Lo escribí en noviembre. Cinco meses después todo continúa igual. Repugnante incivismo.

Lo más lamentable no es el hecho en sí, sino la tranquilidad con la que se realiza. La parsimonia con la que un cliente del Falstaff se pone a mear entre dos contenedores, la indiferencia con la que un transeúnte escupe contra el suelo a un metro de tus pies, la cotidianidad de las colillas vistiendo las calles de la urbe…

El violento dirá que no vendría nada mal coger a todo estos incívicos, abrirlos en canal y repartir sus órganos entre los necesitados enfermos que esperan desesperados un donante que les salve la vida. “En el fondo, un incívico no tiene derecho a vivir”, pensará. Por su parte, el tranquilo abogará por la educación, la buscará allá donde esté y le rogará que vuelva, que intente salvar esta jauría de animales de dos patas.

muerte de un hijo

La muerte de un hijo es algo tan antinatural como cotidiano.

Domingo Santo. Suena el teléfono. Después de una ligera y breve conversación para saber cómo estamos, me suelta una palabra que crea un silencio expectante y nervioso. «Tragedia». Ha muerto. Pienso en él, en su madre, en su padre, en sus hermanas… pienso cómo aquel niño que recuerdo haber visto corretear por la plaza se hizo un apuesto adolescente y cierro los ojos cuando comprendo que no podrá llegar a convertirse en un adulto exitoso…

Al otro lado ella habla del destino. Del destino de cada uno, del destino que decidió en su momento que él tenía que morir ayer, igual que aquellos morenos hoyuelos tuvieron que hacerlo casi 22 años atrás… Un destino cruel. Cruel con el ya no está y cruel con los que se quedan aquí, llorando al lado de su recuerdo.