jordi aguilar – squares & words 2009

Séneca 9-11. 19:00. La ciudad, inmensa, ofrece rincones escondidos como éste. Entrada a nivel de calle, las escaleras bajan, las escaleras suben, la luz desaparece bajo un paso inferior asediado por restos materiales de otros tiempos, el sol brilla sobre un patio interior que distribuye arte… Poniéndonos sinceros, hasta ayer, mi relación con la pintura no había ido más allá de los colages de Primaria y los retratos de Secundaria. En cualquier caso, no podía rechazar la invitación de Jordi.

Cuadrados dentro de cuadros, cuadros que visten las paredes que crean una sala inundada de amigos que saben que hoy es el día más importante para el artista. Supongo. Supongo que tras cientos de horas frente al lienzo, colgar el resultado en una pared pública ha de ser un momento maravilloso. Y no sólo al contemplar ahí la colección de trazos sino al ver desfilando amigo tras amigo,… Estuvimos hablando no más de quince segundos. ¿Más tiempo? Ni era necesario, ni era posible. Estoy seguro que en una próxima noche falstaffiana tendremos tiempo para comentar que esconden sus últimas obras, sus telas tratadas, sus trazos tejidos, la pintura que viaja de manera autónoma por el lienzo dibujando las venas rojas por las que navega la sangre del artista.

¡Ah! Me encantó. Me encantaron sus cuadros, sus cuadrados y sus palabras.

…me olvidaba, me encantó también reencontrarme con una falstaffiana que no se pasea por Venus 3 desde hace meses.

idealizamos lo que no tenemos

Idealizamos lo que no tenemos porque no lo tenemos, porque no lo tocamos, porque no lo conocemos, porque no sabemos nada de una realidad que ignoramos,… es lo que tiene la ignorancia. He idealizado a tantas mujeres, a tantos atractivos cuerpos, a tantas miradas fascinantes… he creado mitos que protagonizaban cuentos, cuentos que explicaban historias, historias que idealizaban sensaciones, sensaciones… Hace unos meses dejé de idealizar a todas horas, reservé mi imaginación únicamente para crear combinaciones lingüísticas y disfruté de la realidad, sin idealizaciones, ni cuentos, ni historias, ni falsas sensaciones.

Hablé sobre todo ello hace unos días, cenando en el corazón de Gràcia con aquella mujer que mantengo en mi lista de últimas llamadas tras aquel golpe de suerte.

cambios de rumbo

A los catorce comencé a escribir breves crónicas deportivas. Lo hacía a mano en una pequeña libreta cuadriculada. Siempre el mismo discurso porque mi capacidad inventiva era reducida y porque el equipo se empeñó toda la temporada en conseguir el mismo resultado, la victoria. En tres años, las cinco diez líneas de los inicios se convirtieron en 90 ó 100. Firmaba mis crónicas, y lo hacía no en uno, ni en dos, ni en tres, sino en seis diarios provinciales y autonómicos.

En esta última década, he escrito decenas de miles de letras, he compuesto miles de palabras, he creado centenares de frases, decenas de párrafos… En está última década he tenido buenos y malos momentos, pero siempre recordaré los mejores. Recordaré el correo electrónico que leí desde Liverpool (agosto de 2002). Me despedía de Tercera y desde la redacción de uno de los periódicos más antiguos del país lamentaban mi marcha, una marcha obligada por el descenso del equipo. Tenía entonces dieciocho años. Recordaré algunas de mis crónicas, las mejores (según mi propio criterio), las más largas, las que abrían la sección de la categoría…

Sin embargo, como escribió Ana no hace mucho, “es legítimo dar cambios de rumbo…” Lo es, además, cuando esa decisión se adapta a una realidad muy distinta a la de hace diez años; lo es cuando no merece la pena invertir horas de autobús, tren, coche… para escribir unas pocas líneas; lo es, cuando ahora la urbe me ofrece mucho más de lo que me daba apenas hace un año. Nunca negaré que el mundo rural tiene algo especial, que soy feliz por haber pasado allí mis primeros dieciocho años, pero no, no es justo condenar el nacimiento de una nueva vida por seguir la inercia de estos últimos tiempos. Esto es, se acabaron los sábados non-stop y se acabaron algunos domingos perdidos en los asientos de un autobús.

la dejo

Escribía el pasado 2 de marzo…

Me metí en la primera cama que encontré, sin hacer muchas preguntas. Sexo con sexo. Creí que el cariño, e incluso el amor, tarde o temprano terminaría llegando. Sin embargo, nunca tuvimos la confianza suficiente para nada, en realidad nunca tuvimos confianza. Éramos como una pareja de presos conviviendo en la misma celda, unidos sólo por una condena. Pero aquí sí podía huir, no había ni rastro de barrotes infranqueables, tenía la puerta abierta, tenía la opción de recoger los bártulos y buscarme a otra. Pero la desidia cotidiana era un arma de doble filo. Me atrapaba entre sus brazos al tiempo que me apuñalaba por la espalda.

Con el tiempo, el silencio se adueñó de nuestras conversaciones y poco a poco me fui convenciendo de que tenía que marcharme. Tenía que finiquitar una relación que nunca tuvo futuro porque nunca tuvo presente, una relación que no fue más que una unión de conveniencia.

La dejaré muy pronto, tan pronto como encuentre una mínima parte de lo que siempre he querido tener al girar la llave. Llegado el momento, la llamaré por su nombre y pausadamente despegarán de mi boca palabras de despedida.

Escribo hoy…

La dejo.

La echaré de menos… Echaré de menos sus balcones, sus cincuenta y tantos escalones y la tranquilidad absoluta de una zona casi intransitada.

Siempre nos faltó la confianza suficiente para compartir sofas, confesiones y sentimientos. Así pues, callé y tragué. Al final tenía dos alternativas, echar la mierda por la boca a modo de repugnante vómito, o cerrar la puerta, bajar tres pisos por última vez y marcharme sin volver a mirar un portal que me ha acompañado en los últimos once meses. Aposté por el final más limpio.