a 50 euros al mes nada parecía caro

Eran las nueve menos cuarto de la noche. Solían cenar pronto porque por aquel entonces su mujer trabajaba en el turno de noche. Juan, en cambio, acostumbraba a firmar jornadas diurnas de diez y doce horas. Vivían bien, sin pretensión alguna más allá de ser felices, y para lograrlo no necesitaban demasiado. Ella colocó el segundo plato encima de la mesa en el mismo instante en el que sonó el timbre de la puerta.

Siempre había sido el fanfarrón del barrio, el que se jactaba de sus vacaciones anuales a países exóticos, el primero que se burlaba de Juan cuando éste le explicaba que debía trabajar sábados y domingos para salir adelante. “Eres tonto”, le había dicho tantas veces mientras le contaba que no había mes en el que en una mañana no se sacara una cocina de tres quilos cuando sólo había ido a arreglar una fuga de agua. Tiempos de bonanza económica, tiempos de ‘financiación al 100%’, tiempos en los que a 50 euros al mes nada parecía caro, nada.

– Buenas noches, Juan
– Buenas noches

No osó mirarle a los ojos y a su cortés saludo le siguió una petición.

– ¿Podrías darme diez euros de gasoil?, el niño quiere ducharse…
– No te preocupes -le interrumpió Juan que cinco minutos más tarde cerraba la puerta tras calentar el agua de su vecino sin aceptar el dinero que éste le ofrecía.

excelencia artística

Plaça Catalunya. Fue aquí donde nos vimos por última vez. Donde le tomé las últimas fotos. A él y a su excelencia artística.

Hace unos días, cuando desde el otro lado del teléfono ella me preguntó si “ya lo sabía”, pensé rápidamente en las últimas noticias que conozco sobre el lugar donde yacen mis raíces. Mi silencio respondió negativamente a la pregunta así que continúo: “Ha muerto”. En un principio no relacioné el nombre con la eterna despedida, ni tampoco la resignación que advertí en el tono de sus palabras. ¿Una muerte anunciada? Así era. Yo, desconectado de un mundo que me vio nacer, crecer y desaparecer (temporalmente), no conocía la existencia de su enfermedad.

Nunca lo vi enfermo. Aquella tarde de septiembre firmó un espectáculo magnífico, como era habitual. Fue meses después cuando llegó el malestar, los médicos, los análisis… y las malas noticias. El tratamiento buscaba un casi imposible (la medicina siempre afronta retos que parecen inalcanzables y que a menudo abren puertas a la vida), decía, un casi imposible en el que todos se agarraban con fuerza mientras lo veían luchar contra una enfermedad que tenía al tiempo como mejor aliado. Y el tiempo pasó y él, y su excelencia artística, desaparecieron para siempre.

falsa fachada

Silencio. Ocupo la mitad de una inmensa cama instalada en una habitación doble dentro de un hotel que inauguran en un par de días. Oscuridad. Son las tres menos diez de la madrugada. No hace mucho que he terminado con mi bourbon con cola (algo extraño entre semana) y he subido a la habitación a escribir algo. Soledad. No. No hablo de sentirse solo porque apenas ‘ocupe’ una mínima parte de los metros cuadrados a los que accedo a través de un tarjeta personalizada con mi nombre y protagonizada por un pájaro carpintero. No. Hablo de hallarse descolocado porque no hago lo que debería estar haciendo, porque me escondo bajo la falsa fachada de viajes relámpagos a hoteles de cuatro y cinco estrellas, hoteles que descritos con mis palabras parecen todavía más fastuosos. Hay algo que no funciona.