esperpéntico triunfador

En un mundo de obreros rasos, él rumió durante algún tiempo la manera de optimizar el trabajo rutinario de cada jornada y presentó una propuesta a sus superiores. Ahora, tres años más tarde, y en la mayor empresa de su sector, dirige un equipo de 200 personas y alcanza los 60.000 netos anuales. Me contaron su historia no hace mucho, la historia de un tipo con una ESO sacada a regañadientes, su madre podía tragar con eso de que el hijo no siguiera el camino universitario de sus hermanos, pero no terminar la secundaria era un drama por el que no iba pasar, decía, un tipo con una educación formal mínima, pero con una capacidad de autoaprendizaje muy superior a la mayoría de sus compañeros de perrerías.

Sin embargo los éxitos profesionales han sido inversamente proporcionales a los personales. Con tanta pasta en el bolsillo sólo supo malgastarlo creándose una figura de esperpéntico triunfador. Para conseguirlo no tuvo más que quedarse en su barrio de siempre, comprarse un par de pisos, montarse un dúplex y equiparlo con la más alta tecnología. Y como el que cambia de equipo de música cada dos años porque siempre quiere estar a la última, también pareció cansarse de su pareja de toda la vida. Así que la envió a la mierda y se puso a buscar un recambio con el que compartir su catre de dos por dos.

Ahora, apenas unos meses después, dicen que la echa de menos, que el dinero le ha dado todo lo que nunca tuvo y le ha quitado aquello que siempre pensó podría conservar.

"nos deberíamos dar algo de tiempo"

Volvió del trabajo sobre las seis de la tarde, como siempre. Ella había llegado algo antes, como siempre. Todo aquel lunes parecía un lunes como siempre. Sin embargo, algo parecía haber cambiado, algo difería de aquella normalidad. Su cara. La de ella. Decía algo así como “pregúntame qué me pasa”. Y como llevaban el tiempo suficiente para comprender con facilidad ese lenguaje no verbal, él no dudó un instante en lanzarle la pregunta.

Ella se sentó en la butaca sujetando su habitual té de menta en la mano derecha, mientras él, de pie, esperaba su respuesta. “Siéntate, por favor”, le sugirió ella.

Cinco minutos más tarde aquella relación, la que les había mantenido unidos los últimos cuatro años era historia, ya formaba parte del pasado. Su pragmatismo, el mismo que le había llevado a tomar esa decisión, resumió todos sus sentimientos en un cóctel de buenas palabras, de letras de cariño… de despedida. Sólo un problema. Su elección definitiva e irrevocable buscó una fórmula manida y poco convincente. “Nos deberíamos dar algo de tiempo”. Él, que había escuchado en silencio todo su discurso, supo entonces que ese “tiempo” era el que literalmente necesitaba para buscar un nuevo catre en el que dormir, el tiempo que necesitaba para encontrar una habitación en la que comenzar una nueva vida, el tiempo que necesitaba para recoger las cosas, devolverle las llaves y darle un último abrazo.

ahora son los de aquí los que piden dinero a los de allá

18:30. Barcelona. Un locutorio cualquiera en una calle cualquiera.

Ahora son los de aquí los que piden dinero a los de allá. Escribe el mensaje corrigiendo una y otra vez sus palabras, intentado convencerle para que le pase la pasta que necesita para el alquiler. ¡Quién se lo iba a decir cuando hace unos meses era ella la que enviaba divisas a su familia!

Termina el mensaje mentando al “Señor”, al tiempo que busca el corazón del remitente añadiendo un último apunte, habla de “daño irremediable”.

Ahora lanza otra mensaje. Otra opción. Un conocido. Busca conseguir esos 350 euros como sea. Esta vez ha empezado con un “¿Cómo estás?” para continuar con un “Perdona que te escriba para pedirte un favor…” Anota el número de cuenta mientras mira de reojo el tiempo que le queda de conexión. Tres minutos y bajando. Torpe frente al teclado vuelve una y otra vez sobre sus letras. Quiere terminar con un “Si no puedes no me enfado” pero corrige lo escrito, sabiamente, modificando la fórmula y creando un “Ya es bastante que seas mi amigo y te pueda contar mis problemas”. ¡Olé!

Le queda un minuto y se marcha veloz a mirar el horóscopo, quién sabe, puede que le diga donde encontrar el dinero que necesita…

sin valorar nada, uno sólo consigue despreciarlo todo

Uno no valora lo que guarda entre sus manos porque siempre cree que en las de los demás residen mayores tesoros.

Acepté aquella oportunidad con una tranquilidad pasmosa. Como si la estuviera esperando. Como si después de meses a la deriva estuviera seguro de que una mañana, junto al amanecer, llegaría un barco a salvarme del naufragio. Con el tiempo he seguido asumiendo todo aquello como fruto de la ‘normalidad’ en la que vivo, una normalidad el la que todo lo que tengo no alcanza al mínimo de lo que poseen los demás.

De este modo, sin valorar nada, uno sólo consigue despreciarlo todo, subestimarlo, minimizar el hecho de alcanzar unas cimas a las que otros todavía continúan mirando desde abajo.

Estúpido, despierta de una puta vez y cambia la mierda de espejo transparente que te hace mirar a todos los demás como si fueran gigantes a tu lado, cámbialo por un espejo que refleje tu imagen, que te enseñe a valorar lo que tienes y lo que eres.