sobre este viejo y restaurado columpio

Sentado en un columpio cuyo movimiento controlo con unos pies que no se atreven a despegar del suelo, miro a mi izquierda una farola cuya anaranjada luz me sorprendió la primera vez que nos conocimos. No recuerdo cuándo, así que debió ocurrir hace ya mucho tiempo. ¿Quince años? Tal vez.

En los escasos ratos que puedo sentarme a rumiar sobre este viejo y restaurado columpio todo lo que veo a mi alrededor me coge de la mano y me lleva de paseo por otros tiempos. Aquí no tengo presente, sólo soy un visitante esporádico y escurridizo, antes de que cuatro conozcan mi llegada ya me he marchado.

Sigo observando. Los geranios visten una pared blanca y entonces… más o menos a esta hora, sobre las nueve de la noche, en aquellos lejanos mil novecientos cogía la manguera y con suavidad regaba un jardín del que hoy estoy más orgulloso que ayer, será, supongo, porque entonces esto era cotidianidad, y ahora, convertido en urbanita, observo los jardines como un lujo de clases pudientes.

Comienza a oscurecer.

el precio a pagar por no salir de casa con diez euros sueltos

He calculado todos los movimientos para alcanzar la estación de tren del aeropuerto de Düsseldorf a las 11:20. Tengo once minutos para sacar un billete en una máquina que ya conozco y bajar al andén. Suficiente. Sin embargo no sólo necesito tiempo, también requiero un maldito billete de 10 euros.

En la cartera tengo tres de 50 y uno de 20. No tengo ni de 10, ni de 5 y menos aún 9,8 euros en monedas. Aunque antes de llegar a esa conclusión he probado a introducir el billete de 20 media docena de veces pensando que eran sus arrugas las que impedían su aceptación. Así que ahí estaba yo haciendo el imbécil acariciando un billete que si supiera hablar me hubiera gritado: “Atontao’, quieres mirar la pantalla, dice que a mí no me han invitado a esta fiesta.”

Busco una máquina de cambio, un bar,… una solución. Nada. Preguntas y las respuestas son peores que el silencio, “ves aquí, ves allá…” ¿Aquí y allá? ¡Si no hay nada! 11:21. He perdido el tren. Ahora no puedo dejar escapar el de las 11:50. ¿Soluciones? ¡Eureka! Compro un billete de ida y vuelta, y mato dos pájaros de un tiro. El menú está en castellano, pero aquí uno no encuentra la fórmula para comprar la vuelta… He de buscar otra alternativa. Podría comprar un billete más, lo más baratito, hasta llegar a los 10 euros y pico, ¿no? Jugueteo con la máquina expendedora de billetes en busca del tique a dos duros que sumado al mío me saque de este callejón sin salida. Billete sencillo: 1,3 euros. Ese es el precio a pagar por no salir de casa con diez euros sueltos en el bolsillo. Mientras bajo el andén rumió qué voy a hacer con un billete sencillo que no sé para qué sirve.

he perdido toda la información almacenada en mi ordenador

El mismo al que muchos acuden para resolver sus problemas informáticos, el mismo que comparte sus conocimientos para que estas cosas no le sucedan a otros, esto es, yo mismo, he perdido toda la información almacenada en mi ordenador en los últimos cuatro años, mejor dicho, todo lo que arrastraba de máquina en máquina desde 1996.

Es cierto que podré recuperar el material que subí a la ‘nube’ (fotos, vídeos, blogs, webs…) pero el resto permanecerá atrapado en un disco duro de 80GB. Bueno, dispongo de los varios cientos de euros que supondría poder recuperar algo de esa información, pero seamos sinceros, no tenía la novela de mi vida ahí metida (tampoco la tengo en ninguna otra parte), sino más bien algunas fotos personales, cartas de adolescente,… y archivos que ahora mismo no podría enumerar pero que estoy seguro un día de estos necesitaré y me diré: “Estúpido inconsciente, ¿tan difícil hubiera sido hacer una copia de seguridad de las cuatro mierdas que guardabas en tu ordenador?

restaurante bornay, no apto para seres humanos

Ayer hablé de mierda, hoy me ha tocado probarla. Restaurante Bornay. Calle Villa Villasamés 2, Castellón de la Plana. 13:00. Tengo hambre y al mismo tiempo necesito una conexión a Internet. Así que el cartel de ‘Zona wifi’ sumado a un menú del día con fideuá y rape a la almendra por ocho euros, postre incluido, me atrapa.

A los cinco minutos compruebo que la conexión a la red es fantástica, sin cortes y a una velocidad adecuada para las cuatro gestiones que necesito realizar. A los diez minutos… nunca antes había vivido algo similar. La fideuá lleva hecha algo más de una semana, la acaban de sacar del congelador y la han metido un minuto en el microondas. O eso parece. El rape es plástico y el postre, por qué no habré pedido un yogur (con el riesgo de que estuviera caducado, lo sé, pero al menos podría haber visto la fecha, a no ser que…) decía, el postre, pastel de chocolate, es simplemente asqueroso, es como si estuviera masticando una vieja esponja. Escupo el único trozo que he sido capaz de meterme en la boca justo en el mismo instante que compruebo que en la mesa de al lado una pareja parece compartir mi misma opinión. Los he visto quejarse a la camarera que no ha hecho ademán alguno de solucionar el problema, sus caras, como la mía, reflejan la incredulidad ante la mierda que son capaces de servir algunos restaurantes.