Espriplopio, el desenlace

Dos recuerdos.

El primero.
En el instituto era ‘el hombre 9’. Ella era ‘la mujer 10. He aquí la diferencia entre el estudio concienzudo de la segunda y el esporádico con sprint final del primero. Recordé esto no hace mucho, cuando descubrí que en la actividad del Postgrado en Community Manager & Social Media dedicada a posicionar una web relacionada con la palabra ‘Espriplopio’ el profesor nos había puesto un 9. No esperaba más. Y no esperaba el 10 porque al igual que hace una década uno sabe el esfuerzo que ha dedicado a una actividad y el informe final presentado adolecía de cualquier virtud que le pudiera permitir alcanzar el cenit.

El segundo.
El puente colgante abandonado en un rincón de la ebanistería que regentaron mi abuelo y mi padre antes de subir al cielo, aquel trabajo de Tecnología… aquello fue una obra colectiva cuya ejecución se realizó de manera individual. Entonces era un maldito egoísta desconfiado de lo que otros pudieran ofrecerme; sin embargo, hoy, y desde hace algún tiempo, me fascina el trabajo en grupo, aunque no siempre pueda llevarse a cabo.

Espriplopio, “No queremos que entiendas su nombre, solo que pruebes su sabor”

Actualización 16/06

Este post lleva varios días colocado en el top10 de los resultados de google.es al buscar ‘espriplopio’. Digo yo que de algo me tendría que servir escribir (bueno, cuando escribía…) un blog desde diciembre de 2004 y tener un dominio .com desde 2007 🙂
Un día os contaré qué cosas pueden ocurrir cuando posicionas tu página en la primera posición de google.es cuando la gente busca información sobre un restaurante en concreto o una peluquería!

Reconozco que mis lectores, bueno no sé si todavía queda alguno por ahí (algún ‘reader’ que todavía mantiene su fidelidad en su lector de ‘feeds’), en cualquier caso, decía, reconozco que aquellos que se pasen por aquí merecen descubrir las historias a las que os tenía acostumbrados, más aún cuando llevo meses sin hacerlo. Sin embargo, hoy el domingo dará paso al lunes y en olivermiranda.com seguirán faltando las letras que os debo desde hace tanto tiempo.

Espriplopio. Detrás de una palabra que oficialmente no existe aparece la respuesta a dos preguntas: ¿Por qué llevas tanto tiempo sin escribir? y ¿por qué has vuelto hoy a hacerlo?

La primera la responde en parte, pero no diré nada más hasta dentro de un tiempo. Sobre la segunda es sencillo, vuelvo a escribir para promocionar una palabra sobre la que un grupo de amigos hemos montado una especie de cóctel fantástico que descubrimos hace poco. Así pues, sólo puedo invitaros a disfrutar de él con nosotros, aunque primero os pedimos algo de participación, esto es, uniros y participar en nuestra página en facebook (todavía en proceso de formación), en nuestro twitter (aún en el vientre de su madre) y en nuestra web www.espriplopio.com (una cosilla modesta)

“¡mi bolso!”

Era como si no me importara. Habíamos facturado el equipaje y nos dirigíamos al control de acceso. Entonces… “¡mi bolso!”, exclamé con una voz más seria que preocupada. “Mi bolso” significaba las llaves de casa, un par memorias USB con información copiada en el ordenador de la oficina pero que había pensado consultar durante el fin de semana, un iPod, un iPad… también guardaba algunos papeles pero no recordaba cuáles. Como tampoco recordaba dónde exactamente había dejado el bolso por última vez. ¿En la sala de prensa?, ¿en el autobús que diez minutos antes nos había traído al aeropuerto…? Dudaba yo y dudaba ella. Volvíamos a estar juntos en un aeropuerto italiano y el guión marcado se torcía de nuevo. Decidimos entonces apostar por la primera opción e hicimos un par de llamadas. De repente recordé una conversación que habíamos mantenido justo antes de que arrancara el autobús. Recordaba el diálogo y recordaba también que mientras hablábamos yo había dejado mi bolso en el compartimento superior del autobús. Debíamos cambiar nuestro ‘plan de rescate’.

Buscamos las oficinas de la compañía de autobuses que nos había traído hasta allí pero no terminamos de dar con ellas. Así pues, ya en la planta inferior, en la zona de llegadas del aeropuerto de Milán-Malpensa, y mientras la dejaba a ella averiguando donde estaban las oficinas, yo buscaba una puerta hacia el exterior.

Fuera encontré a un par de autobuses que compartían compañía con el mío. Observé a un tipo con un pinganillo y me acerqué a él. Con mi catalán italianizado (una de las vías más rápidas para comunicarse que había descubierto esos días en Milán) le expliqué el problema mientras le enseñaba mi tique. Antes de preguntarle si me había entendido ya estaba llamando a cocheras. Entonces llegó ella y tomó el mando de la conversación. Describió mi bolsa y… debíamos esperar diez minutos, nos dijo el hombre del pinganillo.

Durante la espera, algo más larga de lo esperado, pero muy tranquila, me entretuve viendo como dos compañías de autobuses distintas luchaban por hacerse con la pasta de los recién llegados. Divertido verlo desde fuera, nada saludable vivirlo desde dentro, supongo.

Más de 20 minutos después del “esperad 10 minutos” llegó un coche oscuro y de repente mi bolso apareció a través de la ventanilla del copiloto. Terminaba ahí una nueva ‘aventura aeroportuaria’. ¿Habrán más? No lo dudo.

la muerte no requiere demasiadas palabras

Todavía me queda más de hora y media de viaje. Hace frío. Me duele la cabeza y estoy comenzando a marearme.

A mi lado una espigada joven acaba de reclinar su asiento hacia atrás buscando un ápice de comodidad que le ayude a descansar un poco durante las casi cuatro horas que le restan hasta su destino. Intenta, sin éxito, echar una cabezada. Está nerviosa, está triste. Piensa una y otra vez qué va a decirle cuando después de abrazarlo se detenga ante sus ojos llorosos. Hace un rato la he escuchado pedir consejo por teléfono: “¿Qué se dice en estos casos?”, preguntaba desconcertada. “¿Sólo?”, replicaba a la respuesta que había recibido desde el otro lado.

La muerte no requiere demasiadas palabras. Además ya tendrán tiempo para hablar, para llorar juntos recordando su marcha, para sonreír al unísono cuando les venga a la memoria alguno de los grandes momentos que vivieron.

Mira a través de la ventana del autobús, cierra los ojos, parece dormirse…