estúpido

Cuando nos falta confianza llegamos los últimos a todas partes. Las cosas ocurren mucho antes de que sepas de ellas. Entonces, te quedas allí sentado, con la cara de un estúpido que intenta no parecerlo. Estúpido. Mirando hacia otro lado, como si lo que ocurre a tu alrededor no te importara. Peor aún, como si no vieras nada. Tú a tu bola. Cada vez más estúpido.

¿amor cínico?

Fue amor aquello que nos faltó anoche. La noche de ayer, la de hace dos semanas, la de la primera vez. ¿Dónde se marchó el amor? Cínico. ¿Amor cínico? No. Cínico el que escribe sobre un amor del que conoce su inexistencia.

no mira nunca hacia atrás

¿Por qué miras con tristeza aquellos años perdidos entre las sombras de un pasado que no volverá?

La cobardía de no saber que camino escoger te lleva a preguntarte si la opción A fue más válida que la B, o quizá hubiera sido mejor abstenerse. Supongo que ella no piensa en estas cosas porque no le importa, porque vive el momento, porque no mira nunca hacia atrás y si lo hace es para aprender, nunca para acrecentar una melancolía que parece inutilizarte.

Podría ser el momento de hacerles caso.

aquel pedazo de papel

Pasan tres minutos de las once cuando un tímido suspiro de viento aparece por detrás de la verja de la escuela. Enrique se abrocha el abrigo con prisas, el recreo es de esos lujos que ningún niño quiere perderse. Sale de clase a la carrera, pero de repente se detiene. Sabe que se ha olvidado algo, pero antes de pensar en ello debe esquivar a una manada de hombrecitos que están apunto de llevárselo por delante. Ahora, a salvo de cualquier peligro, mira hacia atrás.

Atraviesa la puerta del recreo con la bolsa del almuerzo y ha de conformase con la esquinita de un pequeño banco que su amigo Raúl le ha reservado. Su plátano, su chocolatina, su bocadillo… ¡La Constitución Europea! ¿Qué demonios hace esto en mi almuerzo?, se pregunta.

Antonia ya es algo mayor, rondará los sesenta, y lo único europeo que conoce son las famosas que aparecen en su lujosa y actualizada bibliografía que forman sus revistas del corazón.

Esa mañana, tras volver del quiosco, Antonia había encontrado en el felpudo de su puerta una especie de panfleto, o al menos eso había creído. ¿Muebles?, ¿otra enciclopedia?, ¿una televisión de plasma? No. Nunca había visto nada parecido. No tenía fotografías. ¿Para que sirve una propaganda si no te puedes distraer mirando las fotos?, se había preguntado al tiempo que untaba de tomate el bocadillo de su hijo Enrique. Segundos más tarde arrancaba un par de hojas y envolvía en ellas el almuerzo del pequeño de tres hermanos.

«Vamos Enrique, hoy jugamos contra los de cuarto». La vocecilla de Raúl pareció no perturbar al pequeño Enrique que después de diez minutos seguía observando aquel pedazo de papel.