desde un A320
El tiempo, esto es, la experiencia, me había enseñado a soportar discursos infinitos que no llevaban a ninguna parte y que sólo existían porque su autor disponía de un ego algo necesitado de cariño. Así pues, ahí estaba yo, en la puerta 6 de un pequeño, pero necesario, aeropuerto esperando que se vaciara un Airbus A320 llegado de quién sabe dónde, mientras intentaba evadirme de la última disertación que él había decidido dedicarme.
Pongámonos sinceros. Eso es respetar a las personas mayores y no cederles el asiento en el Metro. Que sí, que todo suma en nuestra carrera al Cielo, pero no comparemos, que levantarse y pasar cinco minutos de pie no tiene mérito alguno y además uno queda como un señor. Sin embargo, permanecer falsamente atento y con rostro de interés ante un discurso infinito e inútil no tiene precio, ni muchos menos reconocimiento.
