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“¡mi bolso!”

Era como si no me importara. Habíamos facturado el equipaje y nos dirigíamos al control de acceso. Entonces… “¡mi bolso!”, exclamé con una voz más seria que preocupada. “Mi bolso” significaba las llaves de casa, un par memorias USB con información copiada en el ordenador de la oficina pero que había pensado consultar durante el fin de semana, un iPod, un iPad… también guardaba algunos papeles pero no recordaba cuáles. Como tampoco recordaba dónde exactamente había dejado el bolso por última vez. ¿En la sala de prensa?, ¿en el autobús que diez minutos antes nos había traído al aeropuerto…? Dudaba yo y dudaba ella. Volvíamos a estar juntos en un aeropuerto italiano y el guión marcado se torcía de nuevo. Decidimos entonces apostar por la primera opción e hicimos un par de llamadas. De repente recordé una conversación que habíamos mantenido justo antes de que arrancara el autobús. Recordaba el diálogo y recordaba también que mientras hablábamos yo había dejado mi bolso en el compartimento superior del autobús. Debíamos cambiar nuestro ‘plan de rescate’.

Buscamos las oficinas de la compañía de autobuses que nos había traído hasta allí pero no terminamos de dar con ellas. Así pues, ya en la planta inferior, en la zona de llegadas del aeropuerto de Milán-Malpensa, y mientras la dejaba a ella averiguando donde estaban las oficinas, yo buscaba una puerta hacia el exterior.

Fuera encontré a un par de autobuses que compartían compañía con el mío. Observé a un tipo con un pinganillo y me acerqué a él. Con mi catalán italianizado (una de las vías más rápidas para comunicarse que había descubierto esos días en Milán) le expliqué el problema mientras le enseñaba mi tique. Antes de preguntarle si me había entendido ya estaba llamando a cocheras. Entonces llegó ella y tomó el mando de la conversación. Describió mi bolsa y… debíamos esperar diez minutos, nos dijo el hombre del pinganillo.

Durante la espera, algo más larga de lo esperado, pero muy tranquila, me entretuve viendo como dos compañías de autobuses distintas luchaban por hacerse con la pasta de los recién llegados. Divertido verlo desde fuera, nada saludable vivirlo desde dentro, supongo.

Más de 20 minutos después del “esperad 10 minutos” llegó un coche oscuro y de repente mi bolso apareció a través de la ventanilla del copiloto. Terminaba ahí una nueva ‘aventura aeroportuaria’. ¿Habrán más? No lo dudo.

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