la muerte no requiere demasiadas palabras

Todavía me queda más de hora y media de viaje. Hace frío. Me duele la cabeza y estoy comenzando a marearme.

A mi lado una espigada joven acaba de reclinar su asiento hacia atrás buscando un ápice de comodidad que le ayude a descansar un poco durante las casi cuatro horas que le restan hasta su destino. Intenta, sin éxito, echar una cabezada. Está nerviosa, está triste. Piensa una y otra vez qué va a decirle cuando después de abrazarlo se detenga ante sus ojos llorosos. Hace un rato la he escuchado pedir consejo por teléfono: “¿Qué se dice en estos casos?”, preguntaba desconcertada. “¿Sólo?”, replicaba a la respuesta que había recibido desde el otro lado.

La muerte no requiere demasiadas palabras. Además ya tendrán tiempo para hablar, para llorar juntos recordando su marcha, para sonreír al unísono cuando les venga a la memoria alguno de los grandes momentos que vivieron.

Mira a través de la ventana del autobús, cierra los ojos, parece dormirse…

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