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sobre este viejo y restaurado columpio

Sentado en un columpio cuyo movimiento controlo con unos pies que no se atreven a despegar del suelo, miro a mi izquierda una farola cuya anaranjada luz me sorprendió la primera vez que nos conocimos. No recuerdo cuándo, así que debió ocurrir hace ya mucho tiempo. ¿Quince años? Tal vez.

En los escasos ratos que puedo sentarme a rumiar sobre este viejo y restaurado columpio todo lo que veo a mi alrededor me coge de la mano y me lleva de paseo por otros tiempos. Aquí no tengo presente, sólo soy un visitante esporádico y escurridizo, antes de que cuatro conozcan mi llegada ya me he marchado.

Sigo observando. Los geranios visten una pared blanca y entonces… más o menos a esta hora, sobre las nueve de la noche, en aquellos lejanos mil novecientos cogía la manguera y con suavidad regaba un jardín del que hoy estoy más orgulloso que ayer, será, supongo, porque entonces esto era cotidianidad, y ahora, convertido en urbanita, observo los jardines como un lujo de clases pudientes.

Comienza a oscurecer.

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