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Óliver Miranda

Periodista & Community Manager

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excelencia artística


Plaça Catalunya. Fue aquí donde nos vimos por última vez. Donde le tomé las últimas fotos. A él y a su excelencia artística.

Hace unos días, cuando desde el otro lado del teléfono ella me preguntó si “ya lo sabía”, pensé rápidamente en las últimas noticias que conozco sobre el lugar donde yacen mis raíces. Mi silencio respondió negativamente a la pregunta así que continúo: “Ha muerto”. En un principio no relacioné el nombre con la eterna despedida, ni tampoco la resignación que advertí en el tono de sus palabras. ¿Una muerte anunciada? Así era. Yo, desconectado de un mundo que me vio nacer, crecer y desaparecer (temporalmente), no conocía la existencia de su enfermedad.

Nunca lo vi enfermo. Aquella tarde de septiembre firmó un espectáculo magnífico, como era habitual. Fue meses después cuando llegó el malestar, los médicos, los análisis… y las malas noticias. El tratamiento buscaba un casi imposible (la medicina siempre afronta retos que parecen inalcanzables y que a menudo abren puertas a la vida), decía, un casi imposible en el que todos se agarraban con fuerza mientras lo veían luchar contra una enfermedad que tenía al tiempo como mejor aliado. Y el tiempo pasó y él, y su excelencia artística, desaparecieron para siempre.

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