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una gorra

La caravana del Tour de Francia atraviesa Plaça Universitat con su habitual parafernalia. Son las nueve y media de la mañana. Cruzo Gran Via intentando huir del espectáculo pero ya en el lado montaña la curiosidad detiene mis pasos. A ambos lados de la calle se arremolinan dos tipos de personajes: los que aguardan ansiosos el desfile comercial y los que comienzan a perder la paciencia viendo como no pueden pasar al otro lado hasta que no reciban el visto bueno de unos desbordados voluntarios.

Llevo cinco minutos esperando a que ocurra algo… de repente, el camión del equipo Caisse d’Epargne aparece en el objetivo de mi cámara al tiempo que  observo algo cayendo cerca de mis pies. Una gorra. Me agacho a recogerla y justo en ese momento, justo cuando sostengo entre mis manos el presente, veo como a mi derecha alguien retrocede tras haber hecho el ademán de acercase en busca del mismo objetivo. Un jardinero del ayuntamiento fija tímidamente la mirada en la gorra. La miro. Me pregunto qué voy a hacer con ella. “Nada”, respondo al instante, mientras me acerco a él y se la entrego. Sonrié y su sonrisa es mucho más de lo que hubiera podido conseguir con una gorrita que nunca me hubiera calado.

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