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esos ojos verdes en vivo

He visto su espalda cruzando Diagonal de camino a Còrsega. No tengo ninguna intención de saludarla así que desacelero mi paso y evito adelantarla esperando que tome un ruta diferente a la mía. Lo hace. Sube Gran de Gràcia mientras yo busco con la mirada la entrada a la calle San Agustí. Comienzo a juguetear con los dedos de mi mano izquierda encima de la pantalla táctil de mi móvil, escribiendo un par de apuntes que me ayuden a recordar la historia acaecida hace un instante. De repente alguien me coge fuerte por la cintura, levanto la mirada, distraída en mis letras, y lo encuentro ahí delante. Esta noche cenamos juntos así que postergamos las palabras para algo más tarde.

Subo por Venus y giro a la derecha en Llibertat. Parada técnica en una antigua mercería que he descubierto no hace mucho. Milà i Fontanals. Lo he visto desde lejos. Baja con la ojos pegados al suelo. Es un conocido de una buena amiga. Tengo cinco segundos para pensar si lo saco de su absorto caminar… pasan seis y nos cruzamos sin que él advierta mi presencia (tampoco yo le he ayudado a hacerlo).

Providència está a punto de morir en Torrent de l’Olla cuando descubro que su belleza ha tomado una autopista hacia la perfección. A ella sí me apetece plantarle un par de besos en la mejilla y preguntar cómo le va la vida. Sin embargo, desaparece tras la puerta de un viejo portal justo en el instante en el que nuestros caminos iban a cruzarse. No he tenido tiempo de reaccionar. Cuando alcanzo el lugar donde la he visto esfumarse, miro hacia arriba, hacia los balcones que visten una fachada rehabilitada, e intento recordar cuando fue la última vez que contemplé esos ojos verdes en vivo. Son mucho más fascinantes que verlos únicamente en directo.

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