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Óliver Miranda

Periodista & Community Manager

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freno de mano


El objetivo de cumplir con la ‘obligación social’ de saber manejar aquellos trastos con motor y cuatro ruedas está más cerca. Lo sé. Los ritmos son algo lentos, pero estoy decidido a conseguirlo.

08.00. No es la primera vez que ocupo el asiento del conductor, pero nunca antes había permanecido ahí más de treinta segundos, ni mucho menos había sujetado la llave del contacto, ni había viajado con ella 45 grados hacia delante manteniendo la posición un instante hasta escuchar rugir levemente al motor. A mi derecha, un tipo carente de aptitudes de enseñante. Un pésimo profesor al menos para noveles aprendices atenazados por los nervios que surgen al estar rodeado de elementos extraños. Mientras le escucho dar una clase deplorable pienso que debería recomendarle algo más de paciencia, estrategias educativas, no estereotipar a todos sus alumnos, hablar con un tono de voz menos agresivo,… le daré un voto de confianza, pero esto no me huele nada bien.

¡Ah! Lo mejor de la clase, mi cambio de primera a segunda. Embrague a fondo y… freno de mano. Mi cabeza conoce la diferencia entre los dos dispositivos, pero mi mano derecha ha obviado la orden de la primera y se ha avalanzado hacia la palanca que nos ha dejado detenidos en medio de la calle. No problem. Creo que sólo necesito algo de tiempo y unas extremidades más obedientes.

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