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ajena locura futbolística

Anoche huí de la ajena locura futbolística metido en un casi desértico japonés que me descubrió él y que ahora disfruto con ella. Quería aislarme del entorno evitando así escuchar los estruendos de la pólvora. Al final, todo fue en vano. El ruido se coló por el patio interior del edificio y para más inri en la única mesa con la que compartíamos restaurante apareció una forofa balompédica con la lengua muy entrenada. “¿Qué narices está haciendo aquí si en estos momento se está jugando uno de esos partidos históricos que ningún amante del fútbol debería perderse?”, pensé algo cabreado, intentando no oírla.

Hace un rato me he puesto a leer las letras de Ramón Lobo y…

¡Qué extraño es esto del fútbol! Uno puede cambiar de familia, mujer o marido -incluso de hijos-. Puede cambiar de partido político; de casa, barrio, ciudad o país; de trabajo y profesión; de ideas, sexo y religión… Uno puede darse la vuelta como un calcetín pero nunca abandonará el equipo de fútbol que por razones misteriosas se metió en sus venas durante la infancia. Y de ahí no sale aunque veas al rival jugar como los ángeles y al tuyo bobamente esperando el aterrizaje del Mesías Florentino.

Aunque tengo alma de rojiblanco, por su poética rebeldía y su papel de perdedor que pierde Ligas pero gana corazones, se me metió mi otro equipo en las venas en un partido con el Sevilla en Chamartín. Era la época de Di Stefano. No recuerdo nada. Solo que me impresionó y que dije a mi padre: “Seré del Real Madrid para siempre”.

No me da envidia la victoria del Barça frente al Manchester United, ni el triplete. Lo que me mata de envidia es el estilo. Su inalcanzable belleza.

Enhorabuena. Ya quedan menos para la Novena, como dice mi amigo Cué.

(‘Fúrbol’ y sentimientos)

Yo, a diferencia de Ramón, me apunté al equipo blanco cuando Tenerife era una isla maldita y Londres había colocado al histórico rival en el puesto más alto del continente. En cualquier cosa, hay cosas que no se pueden cambiar.

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