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Óliver Miranda

Periodista & Community Manager

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No sé por qué he decidido venir a cenar a un bar del barrio en el que nunca antes había estado. Solo. Un día entre semana, una jornada vulgar. Me llevo el mini y mientras recuerdo el sabor del kebab que acabo de ‘enguñir’, mis dedos corretean por el pequeño teclado.

Viaja por la mesa acariciándola a sabiendas que su objetivo está cerca. De repente contacta suavemente con la base, un instante más tarde el pulgar y el índice abrazan el tallo de la copa. Finalmente todos los dedos sujetan el continente. A pequeños sorbos termina con el tinto de cada tarde. Segundos después, mientras el camarero le sirve un nuevo lingotazo, uno de los tres amigos con los que comparte mesa le prepara un ración de pan con tomate y sardina que deja sobre un pequeño plato. Allí espera impaciente sentir el contacto de algo que no puede ver, pero que saborea más intensamente que nadie.

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