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Óliver Miranda

Periodista & Community Manager

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pan rallado


Entro en el supermercado con mi habitual velocidad de crucero. Con la mirada puesta al frente y la mente recordando una y otra vez las tres cosillas que he venido a buscar. De repente lo veo dejando unas bolsas en el suelo. El vecino que di por muerto y que poco después me pareció todo un ejemplo a seguir. Nos saludamos y sigo mi camino.

Con el último ítem de mi lista de la compra me acerco a la sección de pastas. Ahí está. Hoy sólo venía buscando pan rallado. Se lo acerco y lo veo ir hacia la caja mientras decido si ha llegado el momento de apretarme el cinturón y olvidarme de la pasta italiana de marca.

Ha conseguido el visto bueno de toda la cola para ser el siguiente en pagar. La cajera le coge el dinero de la mano. Con parsimonia pone el paquete de pan rayado en un de las dos bolsas con la que ha entrada hace un rato y se va tras despedirse de mí.

Cinco minutos más tarde soy yo el que coloco el contenido en el continente y con el cambio y el tique en el bolsillo derecho de mi chaqueta salgo a la calle. Lo encuentro más o menos donde esperaba. Lo alcanzó en tres zancadas y después de saludarnos por enésima vez le digo que voy a llevarle la compra a casa. No se lo pregunto, voy a hacerlo de todas formas. Me agacho y mientras cojo sus bolsas le digo: “No se lo llevo porque crea que no pueda hacerlo usted. Lo hace a diario. Sólo sé que si un día alcanzo sus años y su salud para salir a la calle, me gustaría que alguien hiciera lo mismo por mi”.

Llego a casa. Dejo la puerta abierta. Minutos más tarde aparece él. Me vuelve a agradecere el gesto y yo vuelvo a restarle toda la importancia.

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