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octava planta

Llego tarde pero he decidido ir caminando. La alternativa pública y asequible no me dejará nada cerca de mi destino. La opción cara es, simplemente, cara. Antes de entrar en el portal advierto que en la planta baja descansa aquella discoteca de la que tanto he oído hablar y a la que nunca he ido.

No subo solo en el ascensor. Mi inesperada acompañante baja en el sexto. Dos pisos más y… es extraño. La octava planta es algo así como un callejón cubierto por una claraboya a través de la cual la luz natural se hace omnipresente. Un callejón vestido de puertas correderas alfabéticamente ordenadas y un ejercito de motocicletas aparcadas en uno de los laterales. Llamo al timbre. Me abre un desconocido. Pregunto por el falstaffiano con el que he quedado y lo veo al fondo. Unas grandes gafas de pasta negras le aportan un toque intelectual que ya había comenzado a vislumbrar hace algunas noches en Venus 3. Conversamos en un despacho durante no más de diez minutos, ambos tenemos prisa.

Antes de bajar a la calle hago una parada en la séptima planta para confirmar que el romántico escenario situado unos metros más arriba, se convierte aquí en un oscuro y desolado aparcamiento.

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