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un día 'non-stop'

Me acuesto a las cuatro. Me levanto a las diez. Duermo seis horas antes de comenzar un día ‘non-stop’. El ordenador echa humo. Gestiones rápidas que se alargan hasta las once. En cualquier caso voy sobre el horario previsto, así que mientras me ducho tampoco pienso en el reloj.

Salgo de casa a las doce y cuarto. Amarillo metro. Azul metropolitano. Sants Estació. Tengo hambre. No he sido capaz de comer nada durante toda la mañana. ‘Areas’. En quince minutos cojo el autobús. Cruasán, bocadillo de tortilla y longaniza con arroz. Ahora, en frío, yo tampoco entiendo el menú, es lo malo de ir a un autoservicio con el estómago vacío. Termino a menos siete. Al final del bus hay sitio libres. Duermo. Escribo. Duermo. Escribo.

Tres horas más tarde, la beso, le cuento el viaje y me deja en casa. Son las cuatro y media. Configuro mi EOS 400. Un par de docenas de pantalones cortos persiguen una pelota que intenta rodar sobre un campo de patatas con nombre de estadio de fútbol. Dos horas más tarde, partido suspendido. Ceno a las siete mientras intento escribir la crónica de un encuentro de 78 minutos. Termino con una fuente verde, roja y amarilla, ataco una trucha que sólo ella es capaz de cocinar así y apuro la coca-cola con la que he decidido acompañar el menú. Lo tengo. Lo envío. Respiro aliviado. Son las siete y media. Recojo los bártulos. Cierro la maleta. Coche.

Gano al sprint las cintas mecánicas que me bajan hasta el control de acceso. Son las nueve menos dos minutos. Vía 3. Vagón 3. Avant. Me han sobrado dos suspiros. Duermo, duermo, duermo. Hora y pico más tarde. Sants Estació, again. Noche de sábado y de fútbol en la capital. El metro está a rebosar. La guinda del pastel. Respiro.

A las once la maleta está abierta en el comedor. Vacía. Todo en su sitio. Ducha rápida. Diez minutos de conexión con el mundo exterior y digital. A medianoche bajo Torrent d’en Vidalet. Falstaff. La peor noche, con diferencia.

Son las cuatro de la madrugada. Tendido en un balcón del corazón de Gràcia, mi humeante uniforme falstaffiano disfruta del fresco. En ropa interior, abro el armario buscando algo más limpio que ponerme. Esto, esto y esto. Listo.

Vuelvo a la calle al ritmo que marca el iPod y justo antes de cambiar de pista encuentro la conexión entre su planta y su puerta. La beso, le cuento el día y entre sus sábanas intento recuperarme de una jornada que me recuerda a aquel histórico domingo.

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