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desidia cotidiana

Me metí en la primera cama que encontré, sin hacer muchas preguntas. Sexo con sexo. Creí que el cariño, e incluso el amor, tarde o temprano terminaría llegando. Sin embargo, nunca tuvimos la confianza suficiente para nada, en realidad nunca tuvimos confianza. Éramos como una pareja de presos conviviendo en la misma celda, unidos sólo por una condena. Pero aquí sí podía huir, no había ni rastro de barrotes infranqueables, tenía la puerta abierta, tenía la opción de recoger los bártulos y buscarme a otra. Pero la desidia cotidiana era un arma de doble filo. Me atrapaba entre sus brazos al tiempo que me apuñalaba por la espalda.

Con el tiempo, el silencio se adueñó de nuestras conversaciones y poco a poco me fui convenciendo de que tenía que marcharme. Tenía que finiquitar una relación que nunca tuvo futuro porque nunca tuvo presente, una relación que no fue más que una unión de conveniencia.

La dejaré muy pronto, tan pronto como encuentre una mínima parte de lo que siempre he querido tener al girar la llave. Llegado el momento, la llamaré por su nombre y pausadamente despegarán de mi boca palabras de despedida.

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