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carrusel de hipótesis

Ocurrió hace algunas semanas…

Restaurante Soco. Sábado noche. Vestido estampado. Rubia. La primera vez que me fijo en ella aparece retocándose el maquillaje ayudada del reflejo que consigue gracias a un servilletero. Sentada sobre un taburete frente a la barra parece esperar a alguien. Sin embargo, en ningún momento la he visto mirar hacia la puerta ni tampoco a su reloj. Apura la primera cerveza y poco después aparece la segunda aguardando sus labios.

Las cuatro mujeres con las que comparto mesa me acompañan en mi carrusel de hipótesis. Los gestos no terminan de confirmar que aguarde la llegada de nadie; sin embargo, tampoco parece intimar con el camarero de la barra o con cualquier otro de la sala. Pero entonces surge una teoría que va cogiendo fuerza: “Es la novia del cocinero”.

La noche avanza. Su cena llega, la nuestra también. Mientras saboreo los nachos la observo comer a solas. Desde que hemos llegado va por la tercera cerveza y el quinto cigarro. Termina de cenar y se marcha al baño con un pequeño bolso, el grande, igual que su chaqueta, la espera inmóvil encima de un taburete, justo al lado del suyo. Vuelve diez minutos más tarde y apura la cerveza mientras enciende otro pitillo, el sexto.

Al filo de la media noche salimos del Soco sin conocer cuál es la teoría correcta, sin saber si ha sido víctima de un plantón de los grandes que ha sabido llevar con mucha entereza, si está haciendo tiempo para continuar la noche con el ‘cocinitas’ del local, o si, simplemente, ha salido a cenar sola.

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