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Óliver Miranda

Periodista & Community Manager

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alquitranado humo


Mi cuerpo, en decúbito supino, se esconde entre unas sábanas congeladas. Son las seis de la madrugada en una vieja y pequeña casa rural de tres plantas donde el frío campa a sus anchas. No he barajado la posibilidad de dormir vestido, mi ropa todavía expira el pestilente, tóxico y alquitranado humo que he tenido que consumir durante toda la noche. Así, desnudo, pero liberado del tabaco, intento conciliar el sueño animando a un cansancio que tiene una dura batalla contra el frío. Mientras espero, pienso.

Puedo gritar cientos de veces contra esa estúpida manía de meterle monedas a una máquina que sólo es capaz de escupir mierda; puedo crear decenas de metáforas que sitúen al tabaco entre los mayores pecados de la historia de la Humanidad; puedo hacerlo una y otra vez, y después… comerme un cenicero sin problemas. Supongo que lo que me desquicia es probarlo cuando no me apetece, pero cuando se convierte en placer…, nunca huyo de unos labios que deseo besar, por mucha nicotonía que hayan tomado.

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