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una esfera hecha añicos

Aeropuerto de Düsseldorf. Espero algo impaciente a que un relojero amateur me estreche la pulsera del Festina que he decidido vestir en mi muñeca a partir de hoy. Hace una semana escuché caer a plomo mi anaranjado Lotus. Lo dejé precipitarse contra el suelo sin darle la mayor importancia y no volví a pensar en él hasta una hora más tarde cuando lo recogí del frío pavimento. Fue extraño. Supongo que sabía que iba a encontrarme con una esfera hecha añicos, como también parecía darme cuenta de que ella estaba marchándose de mi lado. De acuerdo, lo reconozco. Hoy tengo la pluma alto tremendista, pero me gustó la alegoría que estaba formando la propia historia. En cualquier caso, no sé hasta que punto me encantaría que la figura literaria se quedara sólo aquí, manchando un papel en blanco, para que mis labios pudieran volver a sentir los suyos.

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