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Óliver Miranda

Periodista & Community Manager

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relación con las máquinas


Las segundas veces suelen ser mejor que las primeras. Es cierto, pierden ese aura de espontaneidad, de ilusión por descubrir nuevas imágenes a cada paso, pero en cambio uno disfruta de la seguridad con la que hace las cosas. Unos meses atrás, cuando cogí este mismo tren sobre el que ahora escribo, tuve la desfachatez de sacar mi billete a través de una máquina de autoservicio. No podría ser muy complicado, pensé. Media hora más tarde el revisor del tren comenzó a hablarme en alemán. La primera gambada del día. Había sacado un billete de 1,5€ cuando el trayecto alcanzaba la bonita cantidad de 9,3€. Lo pagué sin rechistar y me quedé el primer ticket como recuerdo de mi estupidez. ¡Ah! No es que entendiera al revisor, mi nivel de alemán es… pero aquel discurso me pareció demasiado largo para que me estuviera diciendo: “Muchas gracias señor, disfrute de su viaje.”

Miro hacia mi izquierda. Alarga las ‘s’ fabricando una deliciosa melodía.  La voz de la artista trotamundos impacta contra el micrófono de su teléfono móvil. La escucho al tiempo que garabateo algunas letras, las tengo en la cabeza y mi caja de resonancia cerebral tiene una cierta devoción por olvidar las buena ideas. Ella, que es mujer de mundo, me acaba de enseñar a hacer bien las cosas. Dice que cuando no se tiene la confianza suficiente para comenzar una relación con las máquinas de otro país, los billetes se compran en una taquilla y se acabaron los problemas.

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