almuerzo en el rivoli

La última vez que almorcé en el Rivoli no sabía qué narices estaba haciendo con mi vida y tampoco parecía importarme demasiado. Recuerdo haber escrito un post de esos de antes, de esos que pocos leyeron y al que ahora nadie puede echarle el ojo porque formó parte de aquella ‘limpieza bloguera’ que algunos recordaréis. He pensado en todo ello mientras cruzaba las Ramblas y subía hasta el primer piso sin preguntar a nadie dónde habían montado el tinglado los alemanes. ¿Dónde? Donde siempre, son gente de costumbres.

Sentado en la mesa ojeo con cierto desdén la nota de prensa mientras mezclo dulce y salado, y lo riego con algo de zumo de naranja. Con el rabillo del ojo observo al protagonista del encuentro, parece inquieto. Sin nadie con quien hablar, todos mis colegas rodea la mesa, juraría que necesita alguien con quien conversar.

Termino el almuerzo rápidamente y me levanto. Podría acercarme directamente a él, pero busco una opción más pasiva. Observo las Ramblas a través de los grandes ventanales del Salón Rivoli, cinco segundos después ahí está, ha venido justo desde el otro lado del salón. Seamos sinceros, mi inglés es para lanzarlo por el inodoro y tirar de la cadena, pero algo se puede hacer, así que hablamos de las Ramblas, de Barcelona, de la crisis, del mercado… Hay ciertas oportunidades que no se pueden dejar escapar.

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