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trapecio con tres botones

Un trapecio con tres botones me conduce hasta el pie de una empinada calle que sólo puedo vencer marcando cada paso con el talón. Llevo casi tres años oyendo hablar de esas vistas, pero al principio me lo tomo con una naturalidad pasmosa, como si estuviera acostumbrado a sentarme en la cima de una urbanizada montaña con una cerveza en la mano y la ciudad a los pies. ¡Qué grande!

Cuando el sol apenas tiene fuerza para impactar con debilidad sobre las ventanas de una casita que observo a mi izquierda, el rojo invade las principales arterías barcelonesas que desde aquí arriba parecen carruseles de pequeñas hormigas obreras. Justo entonces recojo los bártulos, me despido de la compañía, a la altura de la vistas, y busco la mirada de la anfitriona para agradecerle una vez más la invitación.

Ya en casa, sentado en el sofá y con el tiro de cámara alcanzando no más de quince metros, cierro los ojos al tiempo que me recorre un escalofrío, como si no sólo mi mente estuviera todavía allí arriba, sino que mi cuerpo fuera capaz de sentir la fresca y nocturna brisa recorriéndome la piel.

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Comentario

  1. Gracias Sonja. Para mí fue la primera vez, bueno, acabo de recordar que subí caminando la montañita desde el Baixador de Vallvidrera hace ya… me falla la memoria, creo que comienzo a hacerme mayor 😛