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hasta los tobillos

Fue suficientemente estúpida como para quitarse la máscara en la primera frase: “Hola, ¿qué tal? Te acabo de ver en la tele y…”. Continúo leyendo… Tres años sin saber de ella, más otros cuatro intentando concertar una cita para tomar algo, aunque fuera un mísero café en la mísera cafetería de la facultad. Ahora estaba ahí, al otro lado, queriendo saber de él.

Qué hacer. Siempre le había parecido una mujer interesante, así que nunca tiró la toalla hasta que sus vidas se separaron aquel caluroso y lejano mes de junio. Siempre había pensado que tenía algo especial… y ahora estaba ahí, bajándose los pantalones hasta los tobillos. Una lástima que no fuera en sentido literal y que no hubiera sucedido tres o cuatro años antes, pensó. Ahora, justo ahora que había alcanzado la cima que ella siempre se autoasignó, ahora se acordaba él.

Se mantuvo quieto ante la pantalla, fijando su mirada en el final del mensaje: “Besos”. ¿Responder? “Pasé por tu estación tantas veces, tantas, tantas que ahora, ahora que aquella humilde y paciente locomotora ha conseguido su sueño, no pienso pararme en una gran ciudad caída en el olvido por tener la estupidez de creerse más que sus vecinos. ¿Sabes una cosa? Creo que te has convertido en la vieja estación de trenes regionales que dibujabas en la cara de todos tus compañeros para acrecentar tu ego a diario”. Lo escribió sin tocar ni una sola tecla y borró el mensaje recibido justo cuando los altavoces de un moderno aeropuerto asiático susurraban el embarque de su vuelo. Al día siguiente le tocaba abrir el informativo.

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