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trastos con motor y cuatro ruedas

Mediados de agosto. Sobre un sofá de diseño mi mirada descansa ante la quietud del agua dulce que alberga una pequeña piscina particular. Cierro los ojos intentando sentir aún con más fuerza los rayos del sol que juguetean con la brisa que aparece y desaparece entre los árboles de un amplio jardín. Escucho unos pasos. Los continentes, una bandeja, un plato, un vaso, una botella… El contenido, una dulce e improvisada merienda. Me gusta, aunque no negaré que nunca he sido un tipo de mucho dulce, falta de costumbre.

Ella forma parte de ese grupo de personas que me encanta tener en mi lista de “últimas llamadas”, porque más allá de una vida de altos ritmos laborales, me apasiona la capacidad para avanzar sobre un agenda cargada de estrés y proyectos por entregar. Y me apasiona más aún cuando estoy harto de la inseguridad que tienen algunos para tomar decisiones, la falta de compromiso, la huida silenciosa cuando la responsabilidad entra por la puerta, la ausencia de iniciativas…

Ahora, decididos ambos a cumplir con la ‘obligación social’ de saber manejar aquellos trastos con motor y cuatro ruedas, emprendemos juntos un viaje hacia el objetivo. Som-hi!

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