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Óliver Miranda

Periodista & Community Manager

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en unos de los juguetes más pequeños de British Airways


Cuando comenzaba a ver los charcos forrados de azulejos que salpican el paisaje de los alrededores de Barajas, el comandante anunció que volvíamos a tierra. Había una “puerta mal cerrada”. Era principios de agosto de 2002. Recuerdo que me tomé aquel percance con total normalidad, en realidad nada de aquel viaje en avión me preocupaba. Rodeado de una cuarentena de adolescentes que acabábamos de conocernos tenía otras cosas en las que pensar. Aquel día no volvimos a embarcar. Comimos en el aeropuerto y después nos trasladaron a un hotel cercano.

A la mañana seguían los nervios del día anterior, los nervios por saber cómo sería mi ‘host family’, mi ‘host home’, mi ‘host food…’. ¿El avión? Parecía que seguía sin preocuparme hasta que volví a topar con la misma ‘avioneta’ que el día anterior nos había estado paseado por las nubes. “Es el mismo avión”, comenzamos a protestar al unísono. No había alternativa. Así, montados en unos de los juguetes más pequeños de British Airways, despegamos rumbo a Manchester (Liverpool era el destino final).

Ha sido mi peor viaje en avión. Estaba asustado y confiado al mismo tiempo. Asustado porque pensaba que terminaríamos cayendo en medio del Atlántico y confiado porque sabía que si sucedía algo no podría hacer nada para evitarlo. Supongo que por aquel entonces ya hacía caso del pragmatismo del que habló Guso hace unos días:

Hay que ser pragmático y ante situaciones que no pueden controlarse, preocuparse por ellas genera una tensión innecesaria. Por ello, íntimamente me pregunto: “¿Puedes hacer algo para controlar lo que ocurre? ¿No? Entonces, de qué hay que preocuparse”.

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