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la capital histórica de la isla

El día comienza con las peores patatas fritas que he probado jamás. Una asquerosa ración, servida, paradójicamente, en un bar llamado “Tot bo” (“Todo bueno”). Estamos en la capital histórica de la isla. Me pido una especie de desayuno inglés con la intención de satisfacer la gula de un tipo acostumbrado a algo más que a un vaso de leche a primera hora de la mañana. Un desastre.

A las doce del mediodía el primer aparcamiento está a rebosar, nos toca bajarnos en el segundo y caminar el doble de lo previsto, de lo previsto por los dos autóctonos que me acompañan. ¿Caminar para ir a la playa? Definitivamente lo de las calitas menorquinas es una cuestión de fe. La única opción para llegar hasta cualquier rincón es coger el coche, encontrar un hueco donde dejarlo (imposible, según la hora), cargar los bártulos y caminar, caminar, caminar… y entonces… he aquí el porqué de tanta caminata: las aguas cristalinas, la tranquilidad, la ausencia de chiringuitos,… un placer.

La tarde me ofrece por un lado, un paseo por la cara más histórica de Ciutadella ayudado de una guía de excepción; por el otro, dos cervezas en una terraza casi vacía en el corazón del paseo marítimo. Si volviera al pasado y esta vez el destino sólo me permitiera elegir una de las dos opciones, pediría la tercera cerveza y seguiría una conversación que me encantó.

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