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Óliver Miranda

Periodista & Community Manager

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mi primera viaje aéreo en agosto


No sé. Quizá me apetecía leer el diario en el aeropuerto. Es la única respuesta que encuentro para explicar qué narices hago en la Terminal B del Prat casi cinco horas antes de la salida de mi vuelo.

Esto es una locura. Aquí uno está acostumbrado a otros ambientes: al del puente aéreo, al de los viajes a Düsseldorf a segunda hora de la mañana, al de… cualquier otra cosa antes que a esto. Y esto son largas colas que compiten con las de la Expo de Zaragoza; niños descamisados, niñas semidesnudas, abuelas acaloradas, familias enteras rodeadas de maletas… Es mi primera viaje aéreo en agosto, dejando de lado el de Liverpool en 2002, pero aquel ‘avión’ (hablaré sobre ese viaje antes de acabar agosto) lo tomé cogidito de la mano de mi monitor.

Facturo mi equipaje justo cuando el JK 5… aparece al final de la pantalla de próximas salidas, faltan tres horas para despegar. Toca esperar. Paseo y escucho a un cojo Jorge Lorenzo informando de su llegada dos horas más tarde de lo previsto; paseo y confirmo que los últimos ejemplares de ‘RE-SER’ están en el centro de la galaxia literaria de su colega argentino; paseo y leo la crónica económica de un amigo que abre ‘Cataluña’; paseo y ante mi mirada aparece la rubia menuda con la que comparto edificio pero no empresa; paseo…

Llego a una oscurecida Menorca con cincuenta minutos de retraso. Déjà vu. ¿Dónde está mi maleta? ¿Dónde narices se ha metido mi maleta? Antes de desesperarme y justo cuando encuentro el mostrador de Spanair… ¡ahí está! Mi equipaje ha dado menos paseos que yo. Tomó el vuelo anterior. ¡Uf!

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