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Óliver Miranda

Periodista & Community Manager

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se busca décimo


Mierda. Menos de un día después de que tuviera entre mis manos una inversión de 20 euros con aspiraciones a llegar a los 300.000, pierdo cualquier esperanza de beneficios. Continúo preguntándome dónde narices habré dejado el décimo, aunque podría jurar que veinte segundos después de recibirlo terminó en la papelera. ¿Por qué? Había llegado a la oficina tarde, demasiado tarde para cambiar los objetivos que tenía marcados y aquel sobre marrón no parecía decirme nada. Además tenía uno de esos días ‘destructores’ en los que comienzas a hacer limpieza y terminas sentado frente a un bolígrafo y a un bloc de notas.

Llueve. Camino (¿por qué le llamaré caminar cuando quiero decir correr despacio?) hacia la Administración Valdés. Necesito comprar ese número. No puedo arriesgarme a una noche en vela pensando en los euros no ganados por una estupidez inexplicable. Llego. Está cerrado. Sólo quedan dos vendedores repartiendo la suerte a última hora de la tarde. Uno, con décimos de Valdés; otro, con la escoba de la ‘Bruixa d’or’ (sólo falta alguien con numeritos de ‘Doña Manolita’ y tenemos el tridente lotero español). No está mi número. No compro. Había llegado hasta allí para conseguir mi número. Alea iacta est (ahora que me pongo ‘latino’… ¿qué habrá sido de aquella profesora de latín, francés, griego…?)

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