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escupitajo

Otro niñato. La fortuna ha querido que encontrara compañía de camino a Gràcia y he escogido el tercer vagón. Suelo tomar el cuarto, simple comodidad. Llego a la estación de destino. Salimos del tren. Delante, el niñato y su pandilla. Mientras el más pequeño, de tamaño corporal y cerebral, apura su cigarro, el jefe gira bruscamente la cabeza y lanza un escupitajo sobre una de las ventanas del ferrocarril. Lo hace con esa chulería con la que me hubiera gustado partirle la cara y repartir los trozos entre los colegas, a veces las buenas palabras no sirven para nada. Creo que el incivismo me pone algo agresivo.

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